lunes, 1 de septiembre de 2014

El Sinvergüenza



Eramis Cruz





Rosa Lena lo presintió otra vez, no era el mejor momento para un embarazo, sin embargo no tenía la menor duda,  los síntomas eran inequívocos.  Seis meses más tarde estaba resignada a su suerte y decidida a aceptar con todo el amor del mundo lo que le trajera la cigüeña. El parto fue normal y sin contratiempo. Ningún familiar postergó la  visita a la maternidad, imperaba el deseo de ver al niño de piel color canela y pelo negro abundante.
Rosa Lena no lamentaba la circunstancia en la que tuvo su quinto hijo, pero estaba segura que nunca tendría una vida amorosa con ese hombre que tenía fama de don Juan, de tacaño con el dinero e insensible al dolor ajeno, para el colmo, estaba recién reconciliado con su esposa. Pero Dino Saviola sorprendió a medio mundo, principalmente a sus familiares más cercanos por su apego a este hijo. Estaba resuelto a librar una guerra declarada contra Rosa Lena para que le diera el hijo. Redobló el esfuerzo después de confirmar que Rosa Lena tenía ya un nuevo marido más joven que ella, inclusive, supo que estaba embarazada otra vez.

Rosa Lena no lo creía, pero quien estaba detrás del empeño de Dino Saviola  por quitarle el su hijo no era otra que su propia esposa Venus, hasta oyó decir que quería venir a verle para convencerla de que era lo mejor y que ella sería una buena madre para ese angelito negro, además, tendría a su favor la corta distancia de los hogares de ambas familias, de manera que podría ver al muchacho cuantas veces lo creyera necesario.
A pesar de la fuerza del instinto maternal de Rosa Lena, que era madre amorosa para todos sus hijos, fue su último marido quien pudo convencerla para que dejara que  Dino Saviola se encargara del muchacho.
Al principio fue una situación difícil para Rosa Lena porque su interior no se resignaba a la ausencia de su hijo y sin dejarlo entender maldecía mil veces las causas materiales y las circunstancias fuera de su control causante de tan complicado problema.
–No hay mayor enfermedad que la pobreza y su peor remedio es la resignación  –le comentó más de una vez al sacerdote en el confesionario.
–No seas rebelde –le decía el cura y le ponía de penitencia un padre nuestro y tres avemarías.
El mismo Dino Saviola vino a buscar al niño, la imagen se quedó grabada en el corazón de la madre, los vio subir la callejuela, como si fuera la primera vez que miraba ese trayecto, o que alguien dibujara en el espacio ese pedazo de pueblo.
El hijo nunca su repuso de su trauma, era un problema sin repuesta para él, tenía siete años y sabía distinguir los caracteres de sus vástagos. No se lo dijo a nadie, pero se sintió engañado desde el primer día de unas supuestas vacaciones, una estadía que se prolongó más allá del periodo escolar, luego se dio cuenta que no regresaría al ceno materno. Decidió que no le ganarían la guerra tan fácilmente, y comenzó a llevarle la contraria a todo el mundo, pero más directamente a su padre que era la pieza principal de aquel juego.

Comenzó pretendiendo ser la oveja negra de la casa, percibía que tenía un padre sentimentalmente distante y una madrastra nueva que para ganarle su aceptación recurría a la paciencia y la tolerancia. La mujer se aferró a la incertidumbre de su destino para justificarse, pero no renuncio a su papel de madre segura ni a su convicción de que el tiempo es la mejor cura para las heridas aunque no desaparezcan las cicatrices. Había conseguido dos cosas a la vez, tener el niño para complacer a su marido y alejarlo de la tentación de una mujer hermosa.
Como un zarpazo de la naturaleza a las madres les salierón algunos cabellos blancos mientras el hijo se hacía hombre en medio del alboroto de la juventud. El padre no se libró de un desafío moral a consecuencia de la batalla que sostuvo contra su hijo para que fuera a la escuela, pero  gracias a su fortaleza y carácter fuerte, demostró ser el tronco firme de su linaje. Padre e hijo terminaron enemigos, pero el joven  Yohalmo sin darse cuenta se dejaba llevar por la corriente y siempre terminaba haciendo las cosas que no quería para al final complacer a su padre, pero no le daba el gusto sin librar un enfrentamiento de palabras y comportamientos insólitos. 
Al terminar la escuela el joven Yohalmo desaparecía, mientras el padre reclamaba a su señora que adónde estaba el sinvergüenza. “Búscalo en casa de esa, su verdadera madre, para él yo no soy más que su sirvienta, ya lo dijiste es un sinvergüenza” –le contestaba Venus con las lagrimas sobre las mejillas. –Cállate con esa tontería –le reclamaba su marido perdiendo la calma.

Mientras el joven Yohalmo avanzaba en sus estudios y mantenía una relación frívola con su padre y un marco de hostigamiento contra su madrastra, desarrolló un lazo natural con su madre verdadera. De los hijos de Rosa Lena, Yohalmo era el más tierno, nunca dejaba de venir a visitarle, ni siquiera después que se hizo profesional. Ella nunca esperó nada de él que no fuera sentimental. “El verdadero regalo es el del corazón” –le decía Rosa Lena mientras le daba un beso resonante en la mejilla.
Nadie sabía cómo se había graduado de una carrera de tanta disciplina como la medicina, porque el joven parecía confirmar el calificativo de su padre, "un verdadero sinvergüenza". Era amante del baile, de la música, gustaba del alcohol en demasía y andaba en compañía de otros jóvenes de reputación dudosa, aparte de ser chabacano en el uso de un léxico barato.

Todas las mujeres eran hermosas para Yohalmo, un día lo veían con la hija del carretero, alimentando la esperanza de su familia de que finalmente su hija se casaría con profesional prestigioso, y luego de varios días lo veían de nuevo en medio del concierto musical acompañado con la hermosa hija de un comerciante exitoso de la provincia. Pero Yohalmo no ponía cuidado a la crítica social, al contrario, se creía dueño de cualidades sobresalientes, hablaba más alto de lo normal y su alta estatura le permitía una distinción muy tomada en cuenta entre hombres y mujeres.
El joven profesional parecía tener el mundo sus manos, pero su modo de tomar la vida no le ayudaba en absoluto, parecía el dueño del pueblo, pero sólo parecía, todo el mundo sabía que era un sinvergüenza, menos mal que Yohalmo no alteraba ni el orden ni la ley, el no era un bandolero, solamente le gustaba enamorase, la fiesta y el alcohol, tenía alma de aventurero y corazón de corsario, cualidades que no combinaban con la trayectoria de su carrera en un pequeño pueblo.
Finalmente logró lo que más quería, un nombramiento en el hospital de una provincia cercana. Impresionó prácticamente a doctores y enfermeras del centro de salud, era joven y listo, eficiente y dedicado a su carrera, pero en poco tiempo descubrieron su punto débil, no se resistía al rose con las féminas más hermosas y jóvenes del personal. Lo descubrieron en más de una ocasión y con más de una de las enfermeras haciendo el amor sobre el mando blanco de la cama, como si aquello fuera un motel de las afueras de la ciudad. El director ni siquiera hizo comentario, solo se limitó a decir “despidan ese sinvergüenza”.
Este fue el primer encontronazo de Yohalmo con la vida, lo que más le dolía era que todos lo  supieran, le parecía oír a su padre hablando con su madrastra y la última frase sería “lo despidieron por sinvergüenza”.  La única que parecía apoyarlo siempre era su verdadera madre a quien también parecía oírle diciéndole “no te apures hijo que Dios es grande y tu cambiaras, tu vida será mejor”. Quedó confirmado el día que se lo dijeron a Rosa Lena: ni lo acusó ni lo defendió. Respondió a los reproches del padre diciendo “es mi hijo y lo quiero como es”.
Gracias a sus buenos amigos de aventuras consiguió empleo de nuevo, pero su modo de vida cambió muy poco, con varios hijos en diferentes puntos del país, la familia se resignó a aceptarlo como era, un hombre volátil pero amistoso, a penas emocionalmente controlado. Como sucede con mucha gente, Yohalmo no se daba cuanta que estaba construyendo su propio círculo, se estaba acorralando, y luego para salir de ahí tendrían que dar un salto. Eso hizo antes que el vacío fuera de ese círculo se hiciera imposible de ser burlado.  Dejó atrás los hijos y se fue del país, allá consiguió más mujeres y otros hijos llegaron a su vida. Finalmente llamó con una buena noticia, un día fue poco para hablar por teléfono con sus familiares, repetía que finalmente había encontrado el amor de su vida y que se llamaba Evelyn.
Evelyn le salvó la vida, ella fue la única que comprendió su manera de ser, que pasaba por alto sus vulnerabilidades, ella lo transformó para hacer de él el hombre que el padre siempre quiso. Lo único que hizo fue no hacer nada, aceptarlo como era, con el compromiso de que estuviera en casa a una hora aceptable porque en su casa se haría el amor con él o sin él, eso decía bromeando con seriedad. El se hizo una persona distante, dando la impresión de que no necesitaba de nadie, se dejó absolver por los patrones de la sociedad, se conformó con un apartamento, un vehículo,  vacaciones y salidas cada año durante el verano y no faltaba a la iglesia en compañía de Evelyn y sus dos hijos.
Aún cambió más después que su madre murió de un ataque al miocardio, apenas pudo llegar a tiempo para verla por última vez, hasta le levantaron la tapa al ataúd antes de cementar la sepultura. Entonces en lo adelante se conformó con los contactos con su madrastra y el consentimiento de Evelyn.Un día bajo el efecto de alcohol llamó a su hermano mayor, Heriberto, y le dijo con voz afligida cuanto le quería, que él siempre tuvo razón cuando le aconsejaba.
Sin embargo se distanció de nuevo de su hermano, no podía ser su amigo, era un hombre muy distinto, tenía esa personalidad que él siempre quiso, esa soledad de la que el siempre huyó. Sabía bien que le había aconsejado correctamente desde el principio, pero él no era profeta que pudiera convencerle, después de todo que fuera su hermano no había sido su elección, como lo fue su mujer que tan bien se ocupaba de él.
Después de la muerte de su madre, Yohalmo se apegó más a Evelyn y se alejó de sus medios hermanos, e inclusive se enemistó con Heriberto, aunque nunca le dijo nada en su cara, le faltaba valor para decirle que ahora si, que por primera vez estaba equivocado, porque ya él no era un sinvergüenza, como Heriberto le dijo a Evelyn al presentarle el hijo después de dos años de nacido. Aunque se quedó con la duda si Heriberto lo había dicho en serio o embroma, no se dio cuenta que no había sido el primero en calificarlo de sinvergüenza. Heriberto no se alarmó cuando le contaron lo molesto que estaba su hermano por llamarlo de esa manera – tal vez ahora dejará de serlo, que no hay mal que por bien no venga –dijo sin otro argumento.
Eran las dos de la madrugada cuando sonó el teléfono, “tu padre acaba de morir” –le dijeron, “sal enseguida” –le ordenaron. El llegó de nuevo apresurado, apenas con tiempo para verle por última vez ya difunto. Venus le dijo las últimas palabras del padre: Díganle que lo quise mucho… a mi sinvergüenza.
Regresó huérfano, pero ahora él sería más padre que nunca, tuvo tiempo para pensarlo durante las cuatro horas de vuelo, sin hablar con nadie, entonces se dio cuenta que ya el tiempo no era el mismo y que apenas le restaba la fuerza necesaria para saltar a otro circulo, aunque estaba vez trazado en el fondo de su corazón.

Es mejor precaver que tener que lamentar

Estar atento, caminar de prisa, transmitir que vas para algún lado, son ingredientes para evitar ser víctima del crimen callejero. Los ...