viernes, 27 de septiembre de 2019

El rocío de mi embeleso



Eramis Cruz 

A primera vista yo no fui su tipo, no tenía ese aspecto de Superman, pero paulatinamente ella se fue acomodando a mi modo de ser, dos semanas después yo no pude renunciar a sus encantos.
Una noche, bajo el manto de la luna, caminamos a lo largo del malecón. Yo era un neófito en los asuntos del amor, un idealista sin prejuicios ni rigor. Ella, en cambio, era una virgen sentimental en acecho de una romántica ocasión. Ni uno ni el otro cayó en cuenta del momento del hechizo, fue suficiente un roce de la piel.
Regresamos tarde al embrujo del zaguán y nos sentamos en el mismo balancín, momento preciso en que su padre encendió la luz de neón. Salté como un león consciente del precio de mi aventura, como una especie de Romeo sin Julieta.
Fuera del perímetro de aquel hogar no pude escuchar los reproches de su padre, un personaje con porte de ranchero, en quien nunca estuve interesado. Al instante, a través del cristal de los ventanales, observé los ademanes de un bárbaro molesto.
Dormí poco esa noche de sereno, me embelesaba la imagen de diosa encarnada de Calíope. ¡Que maravilloso día, pensé, si por los menos pudiera contar las estrellas sobre mi cabeza! La vi de nuevo al otro día, iba en el autobús escolar, sentada detrás de un apuesto compañero, en tres segundos el semáforo cambió, me quedé allí parado con gana de volar igual que Superman en el espacio sideral. Estoy seguro de que ella no se percató de mi presencia en la saturada esquina, aún así no fuera, me hubiese negado a admitir su indiferencia.
Desde ese día con insistencia la busqué, no la volví a ver. De ella sólo la ruina de su casa me quedó como una fotografía en blanco y negro manchada por el paso cruel del tiempo. Cada vez que visitaba aquel símbolo de mi esperanza no borraba de mi mente al vaivén del balancín colgado en el recoveco. Años después con su tropecé con su padre, esquivé a su perro guía y lo detuve tocando su bastón. Jadeante le pregunté por ella, y él como con mirada sorpresiva, oculta detrás de sus lentes oscuros, me dijo: no, no señor, mi hija no murió, Calíope simplemente se casó.




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jueves, 19 de septiembre de 2019

Imágenes de la melancolía quisqueyana


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Imágenes de la melancolía quisqueyana
Eramis cruz


La simetría de las palmeras enfiladas en la carretera, San Francisco de Macorís a María Trinidad Sánchez, complementa la belleza Quisqueyana. Al conductor sobrecogerse ante el esplendor de las imágenes debe ser cuidadoso. En esa ruta los reductores de velocidad, como un policía acostado de verdad, parecen ataúdes cruzados en la carretera para ser llenados con los cadáveres de las próximas víctimas. Sin advertencia o señales aparecen como espantapájaros a la luz de los faroles. Pero ese nos es el único lugar, con problemas aparentemente simples, mientras los dominicanos viven rodeados de funcionarios y ministros que en la cara llevan el cinismo con el que hacen de titiritero.
La tierra allí se resiste, se niega a palidecer ante la falta de sensibilidad de quienes degradan tan inmenso regalo. Qué lástima cuando el hombre deniegue la armoniosa coexistencia de la naturaleza.

No importa si el día está nublado, el sol aguarda para iluminar es pedacito de universo, apenas visible en el mapa de los que exploramos en nuestra propia tierra. En el mismo sitial del verdor de los valles, gruñen contaminados los ríos, como hormigas desorientadas circulan los vehículos, que juntos a la agresividad de los conductores se desafían el primer lugar de una competencia que arrastra consigo heridos y muertos.
Aquí el verano se volvió eterno para darle vida a ese valle surcado por coquetas cordilleras. Nadie, absolutamente nadie, nunca debió sentirse con derecho a condenar a la degeneración lo que no le pertenece. Es necesario darle sentido a la imponente bandera tricolor que desde el mástil sustrae las remembranzas de líderes y héroes que con sacrificio y sangre regaron nuestros jardines.
Se está hundiendo la isla y no es por causa de las fallas tectónicas sino por la inmoralidad de quienes se venden por lo que no son y de los que callan la complicidad propia y la ajena. Cuando se vende el voto, se comete el fraude y se trueca el destino de la nación, no hay peor traición a los ideales de quienes quieren vivir de hecho y derecho.

De que nos sirven los monumentos, las universidades ni los las catedrales, si descaradamente se burlan de ellos las risotadas estruendosas del cinismo, el plagio y de la impunidad. Frente a esta ignominia nuestra historia se convierte en un archivo silente para otro tiempo y para otra gente, tiempo cuando se derrumben las barreras en marquesinas y zaguanes, detrás se esconde el miedo a la delincuencia. Es como la libertad de ser lo que el otro quiera, ¿es lo que nos resta? pero aun así nos resulta demasiado cara. No más niños con escuelas vacías, no más decepcionantes esperas en los hospitales ni madres que regresan de la maternidad con la leche en su seno para un bebé que de oruga no llegó a ser mariposa.
La patria duele cuando sangra, altos impuestos, empleos informales, escasez de agua potable y la sombra de una nube de incertidumbre. Sobre todo, porque existe una caterva de políticos desgastados después de décadas de reelecciones. Más inquietante resulta la juventud, que a diferencia de otras épocas, no sigue ninguna línea de pensamiento, justa a la medida del positivismo.

 Muchos pretender no ver, como si sus hijos y sus nietos no dependieran de sus genes. Son esos, los que pretenden no saber cómo pagaran sus descendientes la enorme y creciente deuda del estado. Eso es política de altura, no es politiquería. Y pensar que tanto se puede resolver con tan poco. Solamente hace falta una actitud, y ese día, cuando secretamente vas a votar, pensar que un país no se vende tan descaradamente barato. La democracia es débil, pero peor, cuando el ciudadano no la ejerce porque no le da la gana, y que siga la fiesta.
No podemos negar que somos capaces de soñar, pero hace falta que soñemos juntos, no importa si parece imposible, así han sido siempre todas las utopías.




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martes, 17 de septiembre de 2019

Caballeros templarios ¿quienes fueron? ¿Qué hacían?

Banco de Datos   at  21:56:00  1 comentarios
La Historia hace Justicia y devuelve a la Orden del Temple, la grandeza y honorabilidad, que se les quiso usurpar, con un injusto Proceso.
Hoy 18 de Marzo de 2017, se cumplen 703 años de la muerte del ultimo maestre del Temple: Jacques de Molay, quien momentos antes de ser quemado, pudo proclamar: Pero la orden vivirá para siempre

Cuando le prendieron fuego a la hoguera, Molay emplazó al Rey y al Papa:

¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!



Los Caballeros Templarios constituían una sociedad secreta cuyo verdadero propósito sigue siendo un misterio al día de hoy, y continúa siendo motivo de intensos debates entre estudiosos e historiadores. 

Los Templarios dejaron atrás numerosas pruebas de sus acciones, que se han transmitido de generación en generación, ocultas en antiguos manuscritos y descubiertas por arqueólogos y expertos. 
Su historia resulta fascinante y despierta la curiosidad: ¿fueron enviados a Tierra Santa, más concretamente a Jerusalén, para proteger a los peregrinos cristianos, o en misión secreta con la intención de desenterrar valiosos hallazgos ancestrales y tesoros ocultos bajo los templos y lugares sagrados? 


Los caballeros Templarios eran miembros de una orden militar cristiana fundada en torno a los años 1118-1119 en Jerusalén por el caballero francés Hugo de Payens. 
Durante casi dos siglos, esta organización fue la orden más poderosa de todo el mundo medieval. 

Formaron el primer ejército permanente de Europa desde la caída del Imperio Romano, y según las crónicas, en su momento de máximo poder y expansión, alrededor del año 1300, sus miembros eran decenas de miles. 
En un principio, eran un total de nueve caballeros fundadores quienes componían esta organización. Nueve caballeros que estaban relacionados entre sí a través de lazos de sangre, o por medio de diversos enlaces matrimoniales. 
Ser monjes y soldados era una paradoja sin precedentes. En Europa, los orantes nunca habían tomado las armas, y menos aún jurando a la vez los votos de pobreza, obediencia y celibato. 

Los Caballeros Templarios creían que luchaban por Dios, y que si caían durante la batalla, serían enviados directamente al cielo. Jamás se rendían si no eran superados en número por más de tres a uno. 
En la actualidad existen en Europa cientos de antiguos emplazamientos templarios repartidos por todo el continente que recuerdan su existencia y modo de vida. 
A principios del siglo XIV se contaban alrededor de 15.000 propiedades y bienes inmuebles templarios: una inmensa red que se extendía desde Inglaterra hasta Egipto y cuyo centro neurálgico se ubicaba en Francia, corazón del mundo medieval en aquel tiempo. 

Las historias populares narran que el propósito de la Orden del Temple era proteger a los peregrinos que viajaban a lo largo de la costa del Mediterráneo hasta Jerusalén. 

Durante la Edad Media, gracias a la protección de los Templarios, los peregrinos occidentales veían garantizada su seguridad a lo largo de ciudades, caminos y montañas. 

Pero, además de dicha protección, los Templarios también defendían el reino cristiano de Jerusalén y otros lugares sagrados como parte de su deber. 

Durante 200 años, se libraron Cruzadas en nombre de Dios, consideradas como un choque entre civilizaciones. Fue entonces cuando nació una encarnizada confrontación, entre el Occidente Cristiano y el Oriente Musulmán, que en muchos aspectos ha perdurado hasta nuestros días.



En 1065, Jerusalén fue tomada por los turcos. Fue entonces cuando gentes de toda la cristiandad se animaron a luchar para reconquistar la ciudad. Asimismo, otra de las razones que provocaron la convocatoria de las Cruzadas fue la voluntad de la Iglesia de bloquear cualquier eventual incursión islámica en tierras cristianas. 



Así, el 27 de noviembre del año 1095, el Papa Urbano II dio un discurso en el que exhortaba a los cristianos a levantarse contra los musulmanes en Tierra Santa. En aquellos momentos, los musulmanes controlaban España y parte de Europa del Este. 

Miles de cristianos respondieron a su llamada empuñando la espada, pero sólo unos 1.000 llegaron a Jerusalén.
Con los cristianos occidentales unidos a los bizantinos del este y a los cruzados, liderados por Godofredo de Bouillon, se reconquistó Jerusalén en el año 1099, después de cinco semanas de asedio contra los turcos. 
Con los lugares santos de nuevo en manos cristianas, los occidentales comenzaron a viajar a Jerusalén de forma masiva. 
En aquellos tiempos, la vida fuera de las murallas de las ciudades era muy peligrosa, y se hizo necesaria la creación de un cuerpo de élite que asegurase la protección de los peregrinos. 
Fue entonces cuando nacieron los primeros Caballeros Templarios. 
Cuando volvieron a casa en el año 1128, tras la Primera Cruzada, los Templarios eran ricos e influyentes, y sólo se sometían a la autoridad del Papa. 
No pagaban impuestos y se les permitía cruzar, libremente, las fronteras de los países europeos. Desde 1150 en adelante, custodiaban el camino hasta Jerusalén, habiendo ideado un sistema que permitía a los peregrinos viajar sin dinero ni objetos de valor, lo que les protegía de ladrones y asaltantes. 

Los Templarios entraron también en el negocio de la banca, y establecieron sedes en toda Europa, convertidos en depositarios de inmensas riquezas. 

Los servicios financieros que ofrecían los Templarios se convirtieron en modelo del sistema bancario actual, con transferencias monetarias, planes de pensiones y cheques de viajes. Tal riqueza los convirtió en los más destacados banqueros de su época, así como en la primera corporación multinacional occidental. 
Su actividad más controvertida consistía en la emisión de generosos préstamos. Tanto príncipes como plebeyos, se convirtieron en «clientes» de la «banca templaria», hasta tal punto que numerosos estados eran deudores de los Caballeros del Temple.
La iglesia, contraria a la usura hasta ese momento, hizo la vista gorda. Monedas de oro de los cruzados del reino de Jerusalén. 

Dinares de estilo europeo expuestos en el Museo Británico de Londres, Inglaterra.
El 4 de julio del año 1187 los cristianos fueron diezmados en la batalla de Hattin. Fue el peor desastre militar en Tierra Santa, y una de las peores derrotas para el cristianismo. Los Templarios fueron pasados a cuchillo por los conquistadores musulmanes, que volvieron a ocupar la ciudad de Jerusalén. 

Con esta nueva caída de Tierra Santa en manos del Islam, la Orden Templaria perdió su propósito fundacional y se convirtió en un banco para deudores infelices. Con el fracaso de las Cruzadas y los cierres posteriores de los pasos y caminos hacia Tierra Santa, los Caballeros Templarios ya no tenían motivos para continuar existiendo. 

Se habían transformado en un ejército permanentemente itinerante por Europa, que no respondía a nadie y sin batallas en las que luchar. Fue entonces cuando todas las miradas cayeron sobre ellos, debido a la riqueza y el poder político que poseían, y empezaron a ser vistos como una gran amenaza para los poderosos de su tiempo. 
Durante el siglo XIV, el Temple comenzó su decadencia. En 1302, el rey de Francia Felipe IV entró en conflicto con el Papa. Con una gran necesidad pecuniaria debido a sus numerosos enfrentamientos bélicos, inició una feroz campaña, hábilmente dirigida, para suprimir a los Templarios, hacerse con sus riquezas y, al mismo tiempo, dar un toque de atención al Papado. 

El viernes 13 de octubre del año 1307, todos los Caballeros Templarios de Francia fueron apresados por agentes del rey Felipe. El monarca ordenó que cualquiera de ellos residente en el país fuera encarcelado. Fueron torturados hasta confesar herejía, homosexualidad y/o negocios deshonestos. Fueron acusados de delitos capitales y perdieron sus propiedades. 

Muchas de sus confesiones carecían de sentido y se debieron a las torturas sufridas, pero después de obtenerlas, el papa Clemente V comunicó en el año 1312 a los soberanos cristianos que despojaba de todos sus poderes a los Caballeros Templarios. 

Desde entonces, la Orden del Temple pasó a la clandestinidad y sus movimientos han sido un misterio. 
Tras el edicto de Clemente en 1312, los Templarios prácticamente desaparecieron de las páginas de la historia. Disponemos de poca información acerca de lo que les sucedió a los cientos, posiblemente miles de Templarios que no fueron detenidos.

Según algunos documentos, su gran flota de barcos desapareció, y es posible que huyeran a Escocia, importante bastión templario en su momento. También podrían haberse dirigido a Suiza o haberse ocultado en los Alpes del sur de Francia (su interminable cadena de montañas habría sido un escondite perfecto para sus tesoros). 
Sí se les puede seguir la pista a algunos de los supervivientes de la Orden del Temple, ya que en algunos casos la orden simplemente cambió de nombre, convirtiéndose por ejemplo en los Caballeros de Cristo en Portugal. 
Pero de todos los misterios que rodean a los Caballeros Templarios, uno de los más desconcertantes sigue siendo el de su estancia en Jerusalén. Los Templarios literalmente desaparecieron durante nueve años, y lo que hicieron allí en todo este tiempo continúa siendo un enigma a día de hoy. 

Se trataba de nueve monjes de mediana edad que difícilmente podrían haber protegido a los viajeros que entraban y salían de Jerusalén. Tampoco parece existir documento alguno que nos hable de peregrinos custodiados por los Templarios en este tiempo. 

En 1867 una pista salió a la luz cuando un equipo arqueológico británico empezó excavar bajo el Monte del Templo de Jerusalén. Allí descubrieron túneles excavados verticalmente desde una mezquita hasta una profundidad de unos veinticinco metros, para a continuación extenderse horizontalmente bajo la cúpula del templo del rey Salomón. 
Se encontraron diversas armas templarias en estos túneles, prueba de que habían sido utilizados por ellos. Según la teoría comúnmente aceptada, los Caballeros Templarios estaban excavando bajo el Templo en busca del tesoro que habrían ocultado allí los judíos al destruir los romanos el Templo en el año 70 d. C. 
Otras hipótesis sugieren que los Templarios custodiaban el Santo Grial y habían descubierto en Jerusalén grandes tesoros. El Templo de Salomón albergó en el pasado el Arca de la Alianza y las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos. 

Existen escritos masónicos de principios del siglo XIX que citan los documentos que supuestamente vinculan a los Templarios con el Arca de la Alianza y el tesoro enterrado bajo el Templo de Salomón. 
Pero independientemente de cuál de las teorías sea la correcta, lo cierto es que cuando los primeros Caballeros Templarios regresaron a Europa, eran más ricos, poderosos e influyentes de lo que habían sido jamás. 



Publicado por: http://bancodedatosweb.blogspot.com/


http://codigooculto.com
Fuente: 


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El rocío de mi embeleso

Eramis Cruz  A primera vista yo no fui su tipo, no tenía ese aspecto de Superman, pero paulatinamente ella  se fue ...