Inquietudes, Conocimiento y Experiencias. Una publicación Aceda - Eramis Cruz *******

martes, 26 de febrero de 2013

Práctica armónica a la “do re mi fa sol”




Eramis Cruz



Me sentí inspirado al ver una foto de unas cuantas vecinas anunciando con orgullo que eran de la membrecía del coro de la iglesia. Hay cosas de nuestra gente que no cambian sino que pintan de colores los recuerdos melancólicos que avivan los ápices de la memoria. No hay nada tan poderoso como lo convivencia de la gente, y es la falta de convivencia la que está estropeando la interacción humana en los centros empresariales. El trabajador deja de ser persona para convertirse en elemento robótico del sistema productivo en la telaraña de los servicios.
 Entre mis mejores amigos había un joven llamado Gustavo. Vivía con su padre en un barrio de Macorís por allá a mediado de los años 70’s. Este joven cantaba con una voz maravillosa. El líder espontaneo del grupo era un joven inquieto que más tarde sería conocido como el profesor Luis Bautista. Luis también podía cantar aunque no también como lo hacía Gustavo. Sus inquietudes políticas lo llevarían a senador por la provincia Duarte.
Por alguna razón, recuerdo aquella mañana que nos juntamos un grupo de jóvenes en la humilde casa de Gustavo para luego dirigirnos al Liceo de la ciudad, teníamos un ensayo de poesía. Aunque parezca insólito en esta sociedad sobrealimentada de los Estado Unidos, todos estábamos sin desayunar y ya rayaba las diez de la mañana, y en quien más se notaba el hambre era en el futuro senador que por ser de piel más oscura sus labios se notaban cenizos. Éramos jóvenes cultos a fuerza de leer las apasionadas narrativas de Gabriel García Márquez y las estampas revolucionarias del Che Guevara, mientras el doctor Balaguer nos hacía crecer el odio a la miseria y la opresión. Terminamos convencidos de que Balaguer era un “asesino en el poder”.
El roce humano de esos años es algo difícil de olvidar, creo que por eso teníamos aquella fuerza que nos motivaba hacer algo bueno, impulsados por un ideal. Nadie ponía en dudas que la revolución era posible, que el único impedimento era el opresor, pero que inmediatamente este fuera derrotado por la acción conjunta de la clase trabajadora, los estudiantes y la pequeña burguesía revolucionaria, pues era un objetivo logrado. Llegamos a creer que todo estaba “al cruzar la esquina”, no sabíamos que la esquina era una metáfora diabólica. 
La idea de venir por la iglesia aquella tarde de verano, para incursionar en el coro de la parroquia Santa Ana, fue una iniciativa de Gustavo que ya era un miembro reconocido y admirado por las chicas hijas de las Hijas de María.
Fue de esa manera que terminé participando en aquel coro, cuando Santa Ana, no era todavía una basílica. Venir a cantar o tratar de hacerlo fue como mi libro inédito "El Otro Intento". Los únicos que sabían de música eran doña Lurdes Sturla y el sacristán que nunca falta a la misa con aquel golpeo suave sobre el teclado del órgano.
El sacristán decía que aquellas notas sobre el pentagrama tomaban esta o aquella manera, pero doña Lurdes Sturla, con aquella autoridad innata, insistía que no era así porque no eran blancas sino negras. Y nosotros que lo que sabíamos era de cosas muy menuzas, no mirábamos unos a los otros como preguntándonos qué diablo querían decir. Previamente nos habían dicho en la clase de la escuela que la música era combinar los sonidos en el tiempo, y eso nos parecía armónico. Los sabíamos desde la niñez, por las serenatas de los chicos enamorados que irrumpían en la madrugada bajo el manto iluminado de la luna.
 Al final aquél no era más que otro intento por formar una nueva extensión del coro oficial que por mucho tiempo había. Nuestra única presentación estelar de aplausos apenas audibles, fue en una capilla que el único lujo que tenía era las cuatro paredes, allá, no muy lejos, en el campo de Matalarga.
Tengo como una buena remembranza que en aquel ensayo fue la única vez que me indicaron cantar el “do re mi fa sol”. Pocos llegamos al “la si do” sin requerir un tanque de oxigeno. Más de ahí no pasábamos la mayoría. Pero un coro es un grupo en el que se aprende mucho “de compartir algo común” a todos. Por lo menos a todo el mundo le ubican una nota que puede hacer, aunque sea un susurro. Pero como algunos de nosotros éramos más políticos que músicos, nuestra permanencia en el coro fue como una flor de amapola, con mucho colorido pero de corta vida.
Uno se pregunta cómo las dificultades resultan motivadoras para la superación, uno sabe que no tiene otro camino si quiere salir del hoyo. Recuerdo que los jóvenes decían poesías en los clubes juveniles, practicaban oratoria solo para lograr el dominio de la técnica del discurso público. También era signo de buena reputación y dominio de la excelencia la capacidad de buen léxico sosteniendo una conversación. Lo mismo se podría decir de las organizaciones empeñadas en la técnica del reglamento de debates o debate parlamentario, todo esto era posible sin Internet, a la “do re mi fa sol”.
Me resisto a creer la frase de que “los tiempos que se van no vuelven” indicando que se llevan en sus alas todo lo bueno de una época, pero no es así, no hay una regla que indique dónde termina un tiempo y dónde inicia otro, sino que la vida es continua y en ascenso. Aunque por lo pronto uno puede reflexionar sobre todo lo que ha dejado atrás la llamada tecnología, algo más que “do re mi fa sol la si do”. No hay dudas de que es una maravilla y una linda experiencia la que viven esos grupos tan genuinos de una comunidad como la de Santa Ana.

domingo, 24 de febrero de 2013

El idioma es mucho más que palabras




Eramis Cruz

Aunque parezca que el asunto de exigir aprender inglés como una condición para vivir en los Estados Unidos o para hacerse ciudadano es un asunto bien debatido, pues no es así. Lo primero que muchas personas opinan al respecto sin un conocimiento pleno de las implicaciones de aprender un idioma, especialmente cuando se refieren a personas adultas que no se sienten obligados a tal cosa y mucho menos motivados por su medio de subsistencia. Se puede concluir que es una falta de visión en torno a la realidad pensar que toda una comunidad de once millones de seres humanos se lanzará a las escuelas aprender inglés. Además, un idioma no se aprende asistiendo a una escuela, ni tampoco se aprende en seis meses, se puede aprender algunas cosas, pero no lo suficiente para una comunicación efectiva.
No es justo exigir a otras personas aprender u obtener algo que uno reconoce obtuvo por circunstancia muy especiales, o no lo obtuvo en absoluto. Para mí, personalmente, mi primer centro de aprendizaje del idioma inglés, no fue la escuela ni la universidad, fue mi empleo. Durante 20 años comunicándome por  teléfono con personas en necesidad de un servicio, no tenía otro camino que refinar mi oído fonéticamente hablando, pero con quienes más se aprende es con los compañeros de trabajo, con quienes tienes la necesidad de comunicarte y en cierto modo compartir. Además el empleo es monolingüe, aunque te permita compartir en otro idioma con tus compañeros. Sé que esta no es la suerte de otros inmigrantes, especialmente latinoamericanos. Tengo que reconocer que aun continúo en ese afán de aprender algo del idioma cada día.
En mi país ya conocía muchas reglas básicas y gramaticalmente correctas del inglés, pero a pesar de que me gusta mucho el francés, no he sido exitoso en aprenderlo, y a pesar de que tomé dos semestres de francés en la universidad. Esto demuestra que no suficiente ir a una escuela para aprender un idioma. Además muchas personas que se oyen hablando en un idioma, en realidad o quizás no están gramaticalmente preparados o pueden ser acreditados como que conocen el idioma en cuestión, ni siquiera aquellos que reclaman a otros su indisposición de aprender una segunda lengua.
Soy partidario de que toda persona debería hablar una segundo idioma, solamente como cultura, tal vez aquella lengua a la que está más directamente relacionada. Pero hay que tomar en cuenta que las estadísticas demuestran que un gran número de individuos de nuestros pueblos abandonan la escuela antes de la secundaria, y un mínimo porcentaje termina la universidad, de manera que sin temor a equivocación, la mayoría de las personas adultas pierden el hábito de estudio y de las actividades intelectuales. Aprender un idioma demanda de estudio y asimilación intelectual, pero más que todo disciplina, esto no es imposible, pero requiere de algo más que un mandato para hacerse ciudadano.
Luego tenemos el dilema de que la gente siempre irá por el camino que le ofrecen sus opciones, no a todo el mundo le interesa llegar a la cima del éxito, especialmente si para ello tiene que hacer esfuerzos que no devienen en algún beneficio inmediato.
Muchos hispanos reconocen que fallaron en su intento de hacer que sus niños aprendieran la lengua materna, paradójicamente aquellos que usaban el inglés como el idioma del hogar. Lo que fuimos exitosos logrando que nuestros hijos hablaran ambas lenguas, somos los que usamos el español como el idioma del hogar. Primero, porque uno no puede renunciar a sus raíces familiares, ni a sus conexiones culturales, para terminar siendo un asimilado de otras culturas aprendidas simplemente con signos en el cerebro.
 Comprendí muy temprano que los niños nacido en el país aprenden el idioma inglés en la escuela, con sus compañeros, de la televisión y otras interacciones sociales y no necesariamente de sus padres en el hogar, al contrario los padres que usan el inglés para comunicarse con sus hijos les ofrecen una escapatoria para que no aprendan un segundo idioma, especialmente el de sus raíces, que es tan importante.
Para aprender una segunda lengua no basta con la intención, es necesario contar con los recursos, y esto supone medios que no siempre uno controla. También puede tener influencia dependiendo de cuánto uno valora su idioma familiar, y que tan ligado uno está intelectualmente respecto a la comunicación y las actividades diarias con familiares y amigos. Es claro que en nuestra familia es detectable que la primera generación no renuncia a su idioma materno. Uno ni siquiera se imagina contando sus historias de niños en inglés, no tiene el mismo sabor hablar de las cosas de nuestro países y de las travesuras infantiles en otro idioma que no sea el español. Estos es muy diferente cuando se trata de sobrinos y sobrinas, ellos tienen más qué decirse del mundo que les ha tocado vivir en este aval comunitario de tiempos y temperaturas invernales.
El desafío ronda en los adultos para aprender inglés y en los niños para aprender español, sin dudas que para ambos lados resulta beneficioso, pero la sociedad no puede limitar el éxito personal mediante la imposición de leyes en este sentido, sino que esto es como todas las cosas, es una opción para quienes quieren llegar más lejos en su vida. Visto desde este ángulo, no es la misma necesidad de aprender un idioma para un abuelo retirado, que para un niño iniciando la venturosa exploración de la vida.
   

“A mí qué me importa”




Eramis Cruz




Resaltó con brillo notable para todos, el individualismo después de la Revolución Francesa, en este marco hemos considerado los derechos de las personas como lo más importante en el funcionamiento armónico de la sociedad, especialmente la sociedad capitalista que es la que prima en el siglo 21. Pero no es bueno que nos pasemos de la línea ecuatoriana en el ámbito de la convivencia colectiva. La limitación de la vida privada esta demarcada por los intereses colectivos jurídicamente establecidos o implícitos en el llamado sentido común.
Hay una expresión que se oye con frecuencia en muchas personas: “A mí qué me importa”, pues reflexivamente se debería pensar dos veces, porque a lo mejor le importa más de lo que usted piensa, y lo grande es que hay gente que ni sabe de qué manera influyen las decisiones importantes en su propia vida, especialmente aquellas de carácter gubernamental, política o colectiva.
Para poner las cosas claras, si es que a usted le importa este escrito y se detuvo a leerlo, la criminalidad es un problema en nuestra sociedad que demanda de mucha atención y que nos afecta a todos. De un momento a otro usted, sus padres, su hijo, o su mejor amigo, podría resultar un número más en las estadísticas fatales institucionalmente archivadas. Esto para poner un solo ejemplo. También podríamos citar el consumo de estupefacientes y de aumento de los salarios y los alquileres y ¿por qué no? El índice en los intereses de los préstamos.
La solución de la criminalidad demanda de la participación del público en término de qué cantidad de recursos económicos, cuales son los planes factibles para su solución, y cuales exactamente son los segmentos poblacionales a los que se aplicaran. También es importante saber en qué medida otras instituciones gubernamentales y civiles o del sector sin fines de lucro participaran como punto de apoyo en un programa conjunto.
“A mí no me importa” o “a mí qué me importa”, denota una actitud de irresponsabilidad en que el ser actuante comunica de modo despectivo que no tiene nexos con el asunto, y que le da un bledo cuál podría ser el resultado o las consecuencias. Casi siempre es una muestra de prepotencia de quien de alguna manera podría ayudar arribar a buen término algo que pende o exige la inversión de esfuerzo o la colaboración voluntaria.
Nada se ha logrado o existe en la sociedad sin esfuerzo. Todo lo que de algún modo nos beneficia o beneficia a los nuestros ha costado un gran trabajo, inclusive mucho antes de que usted y yo naciéramos. Usted podrá ser el dueño de una casa, tal vez la de su sueño, o tiene el derecho a aspirar a una buena residencia, pero los derechos para poseerla y las facilidades para completar los términos administrativos, no es algo que lo hizo usted o lo hice yo. Muchas veces nos beneficiamos de parámetros jurídicos y normas administrativas que ni si quiera son originarias de nuestro país.
 Además mientras usted hace los planos de su casa, ¿Quién se encarga de cuidar de su salud, de colectar la basura que usted y su familia produce? ¿Quién es responsable de colectar los impuestos de la sociedad y quién vigila sus derechos en su empleo? Una y cien más preguntas podrían ser formuladas que terminarían demostrado que la expresión de “a mí qué me importa” no es más que una de esas expresiones negativas y muchas veces impensadas que son utilizadas.
Entre las personas que nos merecen mayor reconocimiento en referente a su actitud consciente para llevar un trabajo de bien común, esta aquellas que se prestan a una campaña para registrar votantes, que se encuentran con individuos muy felices e interesados en la tarea, pero tienen también que lidiar con el lenguaje corporal y hasta verbal de muchos que dicen “a mí qué me importa”.
La gente responde mejor a aquello que le brinda algún beneficio personal inmediato, pero tampoco vamos a dejar de reconocer que la gente ha sabido responder con una actitud responsable en campanas de carácter común en la sociedad, como fue el caso de la lucha llevada a cabalidad en la República Dominicana para que el gobierno aplicara el 4% de producto interno bruto a la educación.
Si usted termino de leer este escrito por que si le importa lo que en él se dice, seguro está de acuerdo también que la presenta sociedad se está comprometiendo en una situación peligrosa con esa actitud de poco me importa o “a mí qué me importa”. Desde tirar desperdicios en las vías públicas, hasta la destrucción de los elevadores en edificios público y residenciales, conducir un vehículo en la carretera de manera temeraria poniendo en riesgo su vida y las de los demás, incluyendo una actitud de indiferencia frente al problema del otro, son factores que demandan la necesidad de una educación cívica y social que resulte en un compromiso directo en la vida colectiva y política.
Cuando la gente no es cuidadosa al cruzar la calle en las intersecciones, entonces el gobierno tiene que invertir recursos en la instalación de luces de tráfico o semáforos. Cuando lo conductores no respetan las luces de tráficos, entonces hay que penalizar a los conductores e invertir en el proceso de esas multas y el pago de agentes policiales para aplicar las normas. Nada de esto parece indicar que el “a mí qué me importa” tenga algún sentido.