Inquietudes, Conocimiento y Experiencias. Una publicación Aceda - Eramis Cruz *******

domingo, 8 de diciembre de 2013

Unas letras para Silvia



Eramis Cruz

Hola Silvia, aunque algunos no lo compartan, creo que un libro no se escribe sin inspiración y la inspiración no llega sin la magia interior perceptiva de las realidades. Me acaba de dar una buena noticia, es algo muy emocionante. Tenía perdida la esperanza de encontrar una foto de nuestro padre. Que bueno que el hermano Negro localizó la fotografía. Estoy de acuerdo contigo, nunca podremos sacar de nuestros corazones la imagen de ese hombre. En la medida que pasa el tiempo se me hace más enigmática su figura.
Nunca se me olvida aquel día a las diez de la mañana, cuando tomé un plátano y lo sembré en el patio de la casa, con la esperanza de que de él naciera una frondosa mata. Maruca me dijo que no, que los plántanos no nacen de su fruto sino de su propio tronco. Fíjate como se aprende de una gran maestra, que sabía de fumar la pipa con gran pasión, aún puedo oler el ardiente tabaco cuando producía la humareda con la presión de su dedo calloso capaz de desafiar el fuego del cachimbo. Luego con el viejo aprendimos como se siembra en verdad una cepa de plátano, en cual position se coloca en el hoyo antes de cubrirlo con la tierra fresca y nutritiva.
¿Cómo eran nuestros amores para entonces allá en Boca Vieja y en los fogones? Es tanto lo que eso significa para mí, para ti debe ser lo mismo. Te digo que me divierto leyendo mi propio libro. Como sabes, quise plasmar en esas páginas todo lo que fue aquella vida.  Aquella soledad, silencio en medio de la noche, los copiosos aguaceros, el canturreo de los pájaros, y toda aquella inocencia que rondaba nuestra vida en la quietud armónica del paraíso que habitamos.  Inocentes para mí eran los viajes durante la madrugada para llegar a tiempo a la misa en la Iglesia de Nagua, y confesar al cura una serie de tonterías.
Me enaltece la imagen de aquella casa tan pequeña, rodeada de palmeras y cocoteros, los animales domésticos y el aroma de flores y matorrales entre montañas y tundras. Nada más parecido a la ternura de una postal navideña de la tierra del Caribe.
Allí la vida tuvo un tornasol diferente, por los menos hice un gran descubrimiento: que las olas del mar corren hacia afuera y de modo horizontal, no hacia las nubes como siempre las imaginé debido a mis conversaciones con la vieja Maruca. Cualquiera podría pensar que vivíamos en tierra continental. Antes de vivir allí la vida era un cordón repleto de preguntas. Yo era entonces un enjambre en medio del monte del alma, quería saberlo todo, pero nadie me explicaba nada. Eran los tiempos cuanto los niños no tenían derecho a saber las cosas. No ayudó bastante la buenaventura de nuestros escasos vecinos.
Con nuestro padre todo fue distinto, den él aprendimos muchísimo, a pesar de su modo distante de ser, y de esa personalidad de hierro que revertía turbia la manera tierna de su interior. Lo que sucedía era que para él las palabras no tenían otro uso más que el necesario, por tal razón lo poco que decía tenía sentido y era verdadero.
Ya nada es igual, pero nos queda esa nostalgia, ese olor a distancia, esa sensación de soledad, de silencio, ese sabor a humedad después de recién pasada la lluvia. Cuando vivíamos allá pensamos en los que teníamos en Macorís, y luego que venimos a Macorís extrañamos tantas cosas que allá dejamos. Un allá que tampoco volverá, porque la vida no retrocede, avanza sin misericordia hasta el punto en que no termina, sino que se transforma.
La vida tal vez no resultó tan justa como creímos que debió ser, y por mi parte fue un error creer que era culpa de alguien, sin saber que todo el mundo andaba ocupado en su propia vida, nadie tenía tiempo para la vida del otro, ni siquiera aquellos hermanos que ya habían vivido más que nosotros. Pero insisto en que era un error culpar a alguien por lo que le pasaba a uno cuando todo lo que pasaba era lo mismo que le pasaba a los demás. La gran diferencia es no haber tenido la posibilidad de entenderlo a su tiempo. Aclaro que por ser tan introvertido y consciente del entorno, que mi memoria se convirtió en un almacén de exactitudes y desaciertos.
Tú me trae estos recuerdos con lo de la foto del viejo, y eso me lleva a pensar en mi empeño de toda la vida, de escribir un libro capaz de no dejar en el olvido lo que fue aquel hombre, con sus defectos, su indiferencia y sus deslices. A él no se le permitió el derecho a equivocarse, porque estaba rodeado de gente indocta, no como él que era un hombre gnóstico, bien leído en diferente materia de la vida práctica y teórica, de eso me di cuenta después. Se puede ser mal comprendido cuando uno quiere vivir lo que cree, no según las convicciones ajenas.
De ese libro hay por ahí algunas copias aún, pronto saldrá una segunda edición.  A veces me pregunto  quién se ha interesado en esa obra, a quién se lo han hecho llegar, a quién le han hablado de él. Pero la gente es así, cree que si alguien hace algo, lo hace por el beneficio propio, pero la gente piensa así por la insuficiencia de saber.  Los libros de ese tipo no dejan dinero, se gasta mucho y se obtiene poco, pero en ese contexto pocos parecen entender el porqué se escribe, sin embargo el peor del caso es el de la familia, no apoyan, no hablan de eso, no escriben una nota, una tarjeta o un reconocimiento al esfuerzo, nada de nada, creen que ya te hiciste famoso, o tuviste la intención de serlo. Yo sé que todo esto es producto de la ignorancia que es el peo mal de todos los males.
Bueno, de cualquier manera espero que esa foto me llegue, que se pueda restaurar, para que ese hombre no quede en el olvido. Una familia no puede ser fuerte al menos que aprecie sus antepasados con sus tanteos positivos, sus tradiciones, sus historias y anécdotas.