domingo, 28 de septiembre de 2014

El gurú de la navegante enamorada




Eramis Cruz

Dionisia desde niña oía decir a su madre Nereida y a los mayores del vecindario que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, se aprendió la frase de tanto oírla pero no la comprendió hasta un día que leyó en la Biblia los años que vivió Matusalén. Entonces comenzó a pensar en las razones naturales por la que una tortuga podía vivir más tiempo que un ser humano. Según el cura amigo de Ernestino, su padre, el hombre y la mujer habían sido castigados en consecuencia por sus pecados. Pero la frase tenía otra dimensión para Dionisia en lo referente a los males que aunque no duren cien años pueden aquejar por mucho tiempo o tal vez la vida entera.
Pero a Dionisia no le preocupaba la filosofía ni la profecía sobre los males de la humanidad, sabía de sobra cómo Dios resolvía estos problemas si de repente se molestaba, tal como lo hizo con Sodoma y Gomorra o tal vez con un diluvio o un terremoto causado por un impacto contra el planeta a causa de un dislocado meteoro. Lo que en verdad le preocupaba era su vida personal, su corazón le estaba palpitando más de prisa, especialmente cada vez que pensaba en Euclides.
Dionisia y Euclides se conocieron en una fiesta de cumpleaños de una amiga del colegio que cumplía los dieciséis. Durante los ensayos se dieron cuenta que ellos dos todo lo hacían mejor juntos, era tal su gracia que terminaron siendo los preferidos chambelanes. El padre de la cumpleañera estaba dispuesto a gastarse una fortuna para complacer a su hija como lo hacían las más sofisticadas familias de aquella  sociedad. La madre por su parte era una perfeccionista con experiencia en este tipo de evento. Fue por esto que los ensayos tomaron tanto tiempo, un espacio que derivó en un constante rose físico entre Dionisia y Euclides.
Los dos jóvenes fueron como un imán uno para el otro, no dejaban trechos para las dudas ni puerta abierta para los desaciertos. Todo el mundo decía que ellos eran la pareja perfecta, pero como es normal siempre se piensa en las alternativas, en los desatinos de la vida, en los entornos donde habitan las tentaciones, en la necesidad del experimento o las aventuras para vivir otras experiencias. Estos pensamientos a veces invadían la armonía de Dionisia, una inquietud que le nacía del carácter dinámico de su  enamorado. Ella sabía que él no era persona pasiva y que la vida por su condición de hombre le brindaría opciones que eran limitadas para ella en los escalones de la sociedad.
Euclides en realidad era un joven admirable por muchas razones pero principalmente por su donaire, su padre quería que fuera a una escuela militar, pero él rechazó la oferta aludiendo que sería uno de los mejores abogados del país. Fue una pura coincidencia que esa misma noche Dionisia le dijo con gran  entusiasmo que tenía un sueño desde niña y que esperaba que él estuviera de acuerdo en su deseo de hacerlo realidad.
−Quiero ser marinero –le dijo ella sin preámbulos. Euclides de momento no supo qué decir, pero pudo emitir una serie de preguntas espontáneas.
−Pero ¿Cómo puede ser? ¿Estás hablando en serio? ¿De dónde nace esa idea si en este pueblo apenas hay un río pedregoso y de un pobre caudal?
−Perdona que no te lo dijera antes, pero déjame explicarte de qué manera mi abuelo tuvo tanta influencia sobre mi modo de ver la vida.
−¿Tu abuelo el señor Cáceres, Dionisia?
−Si, así es Euclides, Diomedes Cáceres.
Dionisia tomó un sorbo de aire y sin hacer pausa continuó hablando antes de ser interrumpida.
 −Mi abuelo mucho antes de yo nacer vivió por un largo tiempo en Europa y por muchos años fue capitán de un barco comercial. Como navegante conoció muchos países lejanos y tuvo aventuras y buenas relaciones con gente muy distinguida. Aprendió a vencer grandes dificultades aún siendo muy joven. Ya estaba casado cuando dejó la navegación comercial y entró a la marina de Gran Bretaña. El había obtenido la ciudadanía de aquella nación por vía de su previo matrimonio con una negra africana que también había estado casada previamente con un escritor de descendencia canadiense.
−¡Ah! Ahora entiendo mejor. Pero esa historia es de tu abuelo, es impresionante, pero ¿dónde se conecta contigo, Dionisia?
−Él nunca lo dijo pero yo sabía que para él yo era muy especial desde que nací, tal vez porque soy la única nieta siendo mi padre su único hijo. Él siempre me escribió desde cualquier lugar donde se encontrara, me escribía inclusive cuando yo era tan niña que aún no sabía leer, luego me di cuenta que fue mi mejor cuenta de ahorro. Sus historias me fascinaban y me enseñaban las bellezas de grandes edificaciones e imponentes montañas y describía con gracia las costumbres,  las culturas e iconos de otros países, aunque lo que más llamaba mi atención y despertaba mi curiosidad eran sus historias de navegante cruzando los océanos en barcos y submarinos. Mi abuelo me hizo enamorar del mar y la marina.
−Que suerte has tenido, cariño, mis abuelos habían muerto cuando yo nací. Casualmente anoche mi padre me sugirió que entrara a la academia militar de cadete, pero como tú sabes yo quiero ser abogado –le dijo y Dionisia al principio abrió sus ojos pero luego se decepcionó al saber que él no quería ser militar, pero al instante reflexionó.
−Para mí lo que tu decidas está bien Euclides –repuso como quien gana espacio para su causa.
Dionisia al principio creía que no podría ser marinero como fue su abuelo porque ella era mujer, pero el viejo la convenció diciéndole que había conocido a muchas mujeres exitosas en la profesión.
Ellos por su parte supieron cuán difícil les resultaría tener que separarse, pero ambos sabían que no había en el mundo nada ni nadie que pudiera impedirles volver en la búsqueda de su aliento. Ellos tenían la misma edad y muy pronto llegó el día de tomar cada uno su camino. Dionisia fue a la academia militar en la capital del país y Dionisia se trasladó al extranjero para estudiar en una universidad de Madrid. 
 El primer año pasó con suma rapidez. Se escribían con frecuencia y cada uno mantenía un diario testigo de sus afinidades. Vinieron de vacaciones pero Euclides se dio cuenta de inmediato que a su novia se le había apagado la alegría y que no tenía ese aspecto habitual que tan bella la hacía. Confirmó que algo andaba muy mal, lo leyó en la mirada de los familiares de Dionisia inclusive en el pestañeo de sus padres. Fue ahora que se dio cuenta de sus dudas escondidas en las cartas de amor de ella.
 −Necesitan hablar ahora, dejémoslos solos –dijo Nereida al tiempo que irrumpió en llanto y corrió al exterior de la casa.
 Euclides estaba al borde de la locura, sabía que algo grave había tomado lugar especialmente porque no se lo habían revelado. Percibió que aparentemente todo el mundo lo sabía en las dos familias.
 −Dionisia apretó sus manos envueltas en las suyas, hizo que se sentaran en el cómodo sofá y con  lágrimas brotando de sus ojos negros, le confesó el desatino de su vida. Lo hizo sin titubeo.
−Tengo un tumor canceroso que afecta mi columna, si no me operan acabará con mi vida y si me operan tengo noventa por ciento de posibilidad de quedar en una silla de ruedas de por vida –Le dijo como en una sola emisión de voz mientras Euclides la escuchaba como si fuera una sentencia de muerte para los dos.
−Oh Dios, si en verdad existe dime que no quieres este angelito contigo, permítenos concluir nuestras vidas –hablaba con los ojos cerrados y con ella contra su pecho.
−No pierdas la fe mi amor, hoy necesito ver la mejor parte de ti, algo muy dentro me dice que voy a sobrevivir, aunque me dolerán las limitaciones, la silla de ruedas, una posible depresión o tal vez hasta el abandono de mis anhelados sueños –le dijo ella temblorosa, en su adentro temía perder a Euclides si era que sobrevivía a su tragedia.
−¡Quiero que vivas! –exclamó Euclides en voz tan alta que se oyó en las afueras de la casa –Yo seré tu fuerza para llevarte a donde tú quieras, mis pies serán los tuyos y te prometo que no renunciaré porque nuestros amor es espiritual y no tiene fronteras físicas ni dolor que no sea capaz de hacer desaparecer. ¡Que sea lo que Dios quiera, pero que esta llama no se apague!
Llegó el día la cirugía de Dionisia, era como estar esperando dos posibilidades, la muerte o el premio de la lotería, unos se notaban muy positivos, otros completamente devastados. Estuvo lloviendo desde la media noche sin parar. Euclides dijo que no estaría en el hospital, sino que llegaría cuando Dionisia ya hubiese despertado. El esperó todo ese tiempo en una iglesia vacía. Le contó su historia al padre Rafael que con atención lo escuchó condescendientemente. Luego el cura sin decirle nada visitó a la muchacha al hospital aunque sólo habló con los familiares. Acordaron llamarle al final de la operación para que avisara a Euclides que regresara a ver a su amada.
Pasaron cinco horas de desesperación y angustia cuando finalmente contra las paredes de la iglesia hizo eco la voz del sacerdote.
−Acaban de llamar hijo, puedes regresar al hospital, ten fe que nada es imposible hay que tener fortaleza –le dijo el cura mientras lo ayuda a pararse del asiento tomando su brazo izquierdo.
Euclides, sintió algo dentro de sí, como una emoción de que las cosas serían mejores de lo que él había pensado. Caminó rápido a buscar su automóvil, abrió la puerta, presionó el freno, movió la palanca de cambios a la letra D, condujo su coche al carril sin acelerar y luego avanzó al carril próximo a la línea doble amarilla aprovechando la luz verde del Semáforo, pero en ese instante un vehículo a la izquierda se movió delante de Euclides. En una fracción de segundo la luz cambió y el vehiculó invasor paró de repente. Euclides quiso esquivarlo para no impactarlo, pero el asfalto mojado no brindó agarre a las llantas y el vehículo de Euclides se deslizó impactando el otro vehiculó que venía en dirección contraria y cambiaba de carril para doblar en la intersección. El impacto fue tan fuerte que ambos autos quedaron irreconocibles.
Mucha gente vino apresurada a ver aquella catástrofe, luces de las ambulancias y de la policía había por doquier y el temor de que uno de los autos estallara. Euclides estaba inconsciente y era difícil saber su estado de gravedad. Lo llevaron al mismo hospital en el que se había realizado la cirugía de Dionisia. El padre Rafael vino al hospital y trajo a la noticia a la familiares quienes no podían creer lo que oían. Ellos identificaron lo que parecía un cadáver.
Dionisia sobrevivió la operación y su cáncer fue erradicado completamente. Euclides quedó postrado a una silla de ruedas, pero eso no impidió que ellos fueran felices porque Dionisia fue para él no solo sus pies para llevarlos a donde él quisiera sino también su voluntad que le nacía de un amor espiritual que no conocía fronteras, aún fuera renunciando su anhelado sueño. Ellos muchas veces fueron con sus dos hijos a dar gracias por la vida a aquel templo en el silencio de la hora cuando la iglesia estaba vacía.

El rocío de mi embeleso

Eramis Cruz  A primera vista yo no fui su tipo, no tenía ese aspecto de Superman, pero paulatinamente ella  se fue ...