martes, 16 de septiembre de 2014

Sobre convergentes e imposturas

15 de Septiembre del 2014
Wilson SpencerEn algunos de los últimos escritos de los compañeros de la izquierda que promueven la alianza con el PRD-M, en lo que se ha venido a llamar la Convergencia, se notan algunas señales de altanería e impostura respecto a quienes no estamos de acuerdo con esa política. Eso está expresado en los adjetivos descalificadores y en la sentencia proverbial de que si no se está con ellos, se está con sus adversarios. Hace años leí un aforismo (creo que de Gracián, o quizás Maquiavelo) que decía algo así como que “la esencia de los soberbios es mostrarse insolentes a la hora de las victorias”. Si eso es cierto, entonces no alcanzo a entender de dónde emana el derecho de esos convergentes a la petulancia. Victoria, lo que se llama victoria, si entendemos por eso el avance de un proyecto nacional o partidario alternativo, no la ha habido con esa política de alianza, nunca. Por el contrario, esas alianzas, por su recurrencia y su fracaso esencial, no pueden considerarse al margen de los factores que explican el hecho de que dentro de los países de América Latina y el Caribe, desde Port-au-Prince a la Patagonia, hayamos tenido una de las izquierdas políticas más infecundas.

Contrario al aludido aforismo, la altanería de esa franja de la izquierda emana no de los triunfos alcanzados por esas políticas, sino precisamente de sus fracasos. Imposibilitados de articular un discurso mínimamente coherente, con una estrategia política sustentada en la realidad y en la experiencia, se ven obligados a echar mano al desplazamiento del discurso de lo político a lo ideológico, al lenguaje desiderativo, a la mistificación y lo eufemístico. Y no se trata de carencia intelectual para articular el discurso; de ninguna manera: entre los partidarios de esa alianza se encuentran personas capaces, a las que apreciamos y en las que creemos, aunque estemos en desacuerdo con aspectos esenciales de su lectura de la realidad política y la vía en estos momentos para crear una nueva situación en el país.

El discurso de los convergentes es ahistórico y mistificador, porque lo primero que tiene que hacer es limpiar, remozar, la imagen del PRD. Si esa alianza se diera, digamos, con Guillermo Moreno, con Eduardo Estrella, con Max Puig, o cualquier otro partido, de la ideología que sea, no habría por qué dar tantas explicaciones. Pero se trata del PRD, es decir, la continuidad del PRD como PRM, un partido que ha estado en el poder en tres ocasiones, y ha hecho esencialmente lo mismo que el PLD, aunque al parecer con menor inteligencia política.

La realidad, lo único incontrovertible en esta discusión, es que esos partidos han constituido los pilares fundamentales sobre los que se ha sostenido el sistema político dominicano, desde hace alrededor de veinte años. Ambos partidos han servido en esencia a los mismos intereses sociales y económicos, del país y el extranjero, y al enriquecimiento de sus cúpulas, aunque por supuesto, en los dos aparecen las excepciones a esta regla. Entre las clases y sectores dominantes y esas cúpulas políticas se ha establecido una especie de pacto tácito, y un entramado de relaciones factuales y operativas simbióticas.

Dentro de la dinámica política institucional, esos partidos han tendido al control de las estructuras de poder estatal a todos los niveles. El PRD, por ejemplo, bajo el Gobierno de Hipólito Mejía, llegó a controlar la inmensa mayoría de los poderes locales, estatales y nacionales, incluidos el Congreso, y por supuesto, el Ejecutivo. La tendencia, las intenciones, de la cúpula perredeísta era llevar ese control hasta donde se lo permitieran las condiciones, hasta el absoluto, de ser posible. Esa tendencia a la concentración es consustancial a la lucha política en condiciones en que no hay un límite a la “cantidad” de poder que pueda concentrarse, valiéndose del sistema electoral y de las malas mañas utilizadas por esos partidos.

Si la cúpula del PRD no logró el objetivo de concentrar el poder de que hoy goza su homóloga del PLD, se debe esencialmente al desastroso Gobierno de Hipólito Mejía, que lo llevó al descrédito y la consecuente pérdida de influencia sobre el electorado. Aun así, su sector hegemónico no escatimó esfuerzos, hasta forzar la modificación constitucional para imponer, contra viento y marea, la continuidad de Hipólito en el “carguito”, en contra de la inmensa mayoría de la población, y de prácticamente todos los estratos sociales. Eso nos lleva a pensar que si en este país existe en el presente una “dictadura”, entonces Hipólito Mejía fue un dictador, o por lo menos hizo todo lo que pudo por llegar a serlo.

El PRD, claro está, jugó un papel estelar en varios de los procesos de lucha democrática de nuestro pueblo en el pasado. Pero eso no le da patente de corso a nadie para situarlo perennemente en las filas de los sectores progresistas y democráticos, a contrapelo de lo que ha hecho y hace en el presente. Los partidos políticos no tienen una naturaleza inmutable; para bien o para mal, cambian, se reconstituyen, se niegan a sí mismo, se transmutan en lo contrario de lo que fueron, al compás de los cambios que se operan, en ellos y en la sociedad donde actúan. El PRD, copado, secuestrado por sus cúpulas, dejó de ser un instrumento de lucha por la democracia en las décadas de los 60's y los 70's, para convertirse en la maquinaria clientelista que es, y en una retranca de la lucha por cualquier cambio progresista en el presente.

Fuente:  http://www.zdigital.do/app/article.aspx?id=136444

Es mejor precaver que tener que lamentar

Estar atento, caminar de prisa, transmitir que vas para algún lado, son ingredientes para evitar ser víctima del crimen callejero. Los ...