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martes, 20 de agosto de 2013

El ventorrillo de Maruca


Eramis Cruz

 
El olor a café recién colado impregnaba el aire de la madrugada, luego el sol se levantaba con sus rayos luminosos decorando el inicio del día. Con apresuro llegaban los hombres a caballo con las cargas de plátano y víveres para el ventorrillo. Pero aquel ventorrillo era distinto a los demás, tenía forma y tiempo según pareceres de su dueña. De manera que por tiempo se reducía a una batea que la marchante coloca sobre su cabeza, mientras mudaba sus pasos hacia el centro de la ciudad. No pregonaba sus verduras, ella tiene un estilo diferente, llega en silencio y no le faltan los clientes.
A Maruca todo el mundo la adoraba, fue viuda la mayor parte de su vida debido a que su esposo murió muy joven y tan temprano en su relación que apenas finalizaban la luna de miel. Ella no volvió a casarse, una decisión poco extraña para esa época. Los linderos de la relación de ella con nuestra familia era una tipología de secretos a voces, pero a nadie le importaba si era considerada una tía, una abuela o una madre, al final ella era simplemente un manantial de amor.
Maruca, como muchas mujeres de su tiempo, no aprendió a leer ni a escribir, pero hacía todas sus cálculos de modo práctico, restaba, sumaba y multiplicaba emitiendo un murmullo extraño.
Yo nací en una calle de San Francisco de Macorís y a pesar de que vivíamos en la ciudad, rodeados de campesinos, en realidad no era igual a cuando se vivía embardunado con el quehacer rural. “Si nace varón, será mío” –le dijo a la mujer preñada”. En este sentido, el ventorrillo de Maruca fue mi primera escuela en asuntos de horticultura. La vieja me descubrió sembrando un plátano verde en vez de la cepa que se forma del tronco de la mata.
Todavía me parece sentir el olor a cilantro, mirar las figuraras multiformes del jengibre, observar el cuidado con el carburo que se utilizaba para acelerar la maduración del banano y del zapote, esperando a ser vendido. Nadie sabía a ciencia cierta qué era el Carburo ni el efecto que podría tener en la salud. Para Maruca el carburo era un elemento necesario para apresurar el proceso que facilitaba lo centavos. Era el tiempo en que con unos centavos se compraba cualquier cosa. Especialmente ella para quien los ricos eran seres de otra especie.
 Maruca Nació con el siglo pasado y conocía la historia política del país porque la había vivido en carne propia, especialmente esos poderes ilimitados de gobernantes como Horacio Vázquez y Rafael Leónidas Trujillo Molina. Era una mujer morena que siempre lució una melena de pelo negro, pero de eso que la gente en Quisquella llama “pelo bueno”, que no es lo mismo que el “pelo de pimienta” de los haitianos o de los cocolos, como para no decir el de muchos dominicanos.
Toda su vida probó su suerte jugando la lotería, a veces acertaba alguna apuesta y recobraba un cinco por ciento de lo que había perdido. Ni remotamente puso nunca duda la existencia del Todopoderoso, ni del cielo ni del infierno. Nunca en su vida visitó un brujo, ni era mujer llamada a lugares de fiestas ni de diversiones, ella no tenía tiempo para esas jolgorios. Le dolía la cabeza si no tomaba café, entre más negro y fuerte mucho mejor. Sin tiempo para aburrirse se le veía de prisa, orinaba parada en el callejón lateral de la casa, echándose a un lado rebajo y falda.
Eran muchos los santos de su devoción y a ningunos marginaba ni dejaba de usar su servicio que dependía de la ocasión. Con los años, el más efectivo fue el Niño Perdido porque con el pasar del tiempo era más frecuente que olvidara donde guardaba los objetos de su preferencia.
Provenía de un tiempo en el que todo era natural, inclusive la nicotina que perfumaba aquel ambiente y no hacía daño a la ecología. Ella creció y vivió su vida adulta perseguida por los muertos, y  no era la única que los detectaba. En ese tiempo la gente no más se moría y en poco tiempo andaba por campos y ciudades haciendo grimosa la noche y buscando mil maneras para recordarles a los vivos que en realidad de la vida a la muerte solo había un corto tiempo y un restringido espacio.
Pero a Maruca los muertos no le preocupaban, por los menos no tanto como los vivos. En aquellos tiempos de las dictaduras el país vivía arropado por una miseria espantosa y la gente trataba de prever no los tiempos malos sino el impacto de los peores. “Guarda pan pa’ mayo y harina pa’ abril”, se solía decir con frecuencia, al final para muchos ni el pan ni la harina era fácil de conseguir por allá por el centenario del trujillismo.
Ella nunca criticó a los potentados, ni a los ministros gubernamentales, ni a los altos jerarcas eclesiásticos, no por falta de razón sino para no malgastar el mínimo de moral que impulsaba la vida. Pero no pasaba por alto el peligro de los “calieses” de la dictadura. Ella consideraba innecesario los argumentos pero aseguraba que nada dura para siempre y que todo lo que sube baja.
Fue después que nos dimos cuenta que Maruca no era tan pobre como creíamos, y que tenía más meritos de los que le reconocimos, a excepción del respeto dispensado o mejor dicho ganado con una actitud de tolerancia y una reserva de paciencia reservada para los momentos desesperados, no suyos sino los de los suyos cuando se sentían desafiados por la incertidumbre de un país sin espacio para el progreso de generaciones en crecimiento.
Ella era la dueña de la casa de amplio patio, establecida en aquel solar que ella misma consiguió por su propia gestión cuando se cedieron terrenos para la fundación y ampliación de la ciudad macorisana. Tenía cualidades humanas digna de imitar, como era aquella disciplina férrea para el trabajo, el placer de levantarse de madrugada por su propia cuenta. Estaba convencida de que el que “madruga Dios lo ayuda”, y parecía estar más persuadida que nadie de que a ella nada le faltaba, claro que no aspiraba más allá de lo que le permitía su peculio personal. Yo perplejo la miraba comiendo plátano salcochado con arroz blanco y le decía que eso era “comer vacio”.
Fue después de su muerte que me di cuenta que su vida era una lección de moralidad ya que había ofrecido más de lo que materialmente recibió, especialmente de quienes heredaran sus limitadas pertenencias. Recuerdo el día que le sugerí poner en nombre de algún familiar su casa de madera. “Ese rancho es para que me entierren” –dijo de modo rotundo y sin un solo argumento.
Así era su manera de explicar las cosas, fueran del cuerpo o del alma. Aún recuerdo la hora de aquella misa en la iglesia San Martin de Porres. La gente con reverencia recibía la santa comunión de la mano del sacerdote. Le pregunté qué era aquello que a la gente le daban en la boca, “es comida del alma” –dijo como si hablara a un adulto.
En medio de la miseria Maruca era la que el día más difícil resolvía las limitaciones, sin que para ella significara alguna diferencia o le sirviera de algún mérito. En su ventorrillo siempre había algunas viandas para los calderos y en la bolsa que escondía entre sus senos caídos algunos centavos para ir la pulpería. Ella a veces decía que no tenía ni un “clavao”, pero la carencia era hasta su regreso del centro de la ciudad.
Hoy, cuando existen más comodidades para mucha gente, nos damos cuenta de los grandes valores que sostenían nuestros pueblos en tiempo tan difíciles como eran aquellas décadas. Es posible que el porvenir regrese en busca de la integridad perdida en medio de los arrabales digitales de una generación que degenera la integridad interior necesaria para sobreponerse a los estados depresivos de los pueblos.