lunes, 30 de julio de 2018

Rincones que no se olvidan

Eramis Cruz
Leí un comentario que exponía que la vida es una caja, y comparaba todos los lugares que habitamos que tienen formas de cajas cuadradas o rectangulares. Pero también es cierto que mientras les damos vida a esos cajones multiformes, nos tocamos con rincones que son difíciles de olvidar. En los rincones de los cuartos o las habitaciones guardamos las cosas reservadas para un día o una ocasión especial. Es allí donde se colocan los armarios y los closets.
Uno no pregunta adónde nacer, ni tiene derecho a elegir de quien será el sucesor. Los recuerdos de mi niñez no necesitan de fotografías, al contrario, son videos en alta dimensión. Cuando hacía algún relato a mi madre, ella me decía que debí tener unos dos años edad.

Tuvimos un tiempo de gloria que nos duró muy poco, pero para los adultos debió ser lleno de substancia desde la alborada hasta el crepúsculo. Habitamos una casa sostenida por fuertes pilotes. Debajo del piso estaba la tierra polvorienta en la que las aves protegían sus huevos de intrusos apetitosos. Aún el sol no se había calentado cuando comenzaba el gorgorear de las gallinas. En una enramada colgaban los salchichones, con aquel color rojizo que el humo blancuzco logra.
Podría escribir una novela con aquellas memorias y hay que escribir temprano porque la vida tiene sus rutinas y las nimiedades se despojan de la importancia necesaria para ser almacenada en los pixeles cerebrales. A pesar de los relatos, incluyendo algunos muy discretos de los que nunca he hablado, no recuerdo cómo ni cuándo crecí hasta los seis años, si no fuera por las narrativas recurrentes de nuestras abuelas, mientras se contaban historias acompañadas de unas jarras medianas té de jengibre.
Al volver a vivir a la ciudad, las cosas fueron muy distintas. Yo siempre muy cerca de la abuela que por lazos sanguíneo no era nada mío, sino por una relación secreta de ésta con un familiar muy preponderante. Teníamos entonces solo una abuela de verdad, las otras tres habían muerto hacía mucho tiempo. Pero esa abuela tenía su madre viva, que era como una leyenda. Siempre que la visitábamos de camino a la casa de madera y zinc de la abuela, seguíamos a nuestra joven madre, y entrábamos a una habitación oscura donde ella prácticamente yacía. Nunca escuché su voz, o mejor dicho el susurro con el que se comunicaba con aquel montón de nietas de piel blanca y marrón.
Cuando ella murió también murieron otros tan viejos como ella, y durante dos décadas nuestra madre no tenía vestidos de colores sino negros, aunque los usaba bastante ceñidos al cuerpo.

De aquí en adelante, comencé a darme cuenta que había un gran tormento en el país que a todos preocupaba. Era la dictadura con sus ejecuciones horripilantes. Entonces ni siquiera los niños podían hablar en su tono de voz normal, al menos que no fuera de juguetes y boberías. Esto cambió muy poco hasta que un grupo de hombres lacerados por las crueldades, decidieron vengarse del sátrapa más bien por razones personales y porque las circunstancias favorecían un complot.
Fue después que me hice un joven larguirucho e introvertido, admirador del buen léxico, pero tímido a los desafíos que nos imponían las limitaciones de un medio de recursos muy limitados. Jugaba con los niños de mi edad, pero conversaba sobre cosas arcaicas con los viejos. Fue como si supiera que los jóvenes son fuentes oportunas para la diversión, pero no para el aprendizaje porque carecen de información.

 Muchos nacemos con los sueños empaquetados como regalos nuevos. Aspiraba a una mujer bonita que definía como de tez blanca, pelo negro y piernas arqueadas. Que caminara con zapatos de tacones dejando el eco que nacía de sus pasos contra el mármol brillantes de aceras de las ciudades modernas. Aquella mujer era igualita a mi madre con la excepción de los caros atuendos que no podía ofrecerse.
Nací en una calle de la ciudad francomacorisana, no supe si había una comadrona, que no fueran Maruca y la Vieja Julia. Asistí a la escuela llevando el uniforme color kaki. De ida y vuelta a la escuela caminaba junto a mi primer amigo un trayecto por los rieles del tren que me recuerda pasajes de escritores prolíferos.

Mi educación fue interrumpida por mi padre cuando de Macorís nos llevó a vivir con él en las vecindades de Nagua. Regresamos el mismo año en el que el hombre fue a la luna. La miseria estaba acabando con medio mundo, con solo veinte años de edad me llevé a mi madre con sus siete hijos para Santiago, donde sobrevivimos por medios muy escasos.
Volvimos a la provincia Duarte, donde no teníamos mejores opciones. Emigré para la capital. Buscaba un trabajo para salir a comino, apenas nos ganábamos unos centavos junto a un amigo de aquellas aventuras urbanas.
Este fue otro de mis rincones inolvidables. Vine donde una prima llamada Gisela, dueña de un cuerpo de guitarra. No aceptó mi estadía, sino que tuvo que tolerarla por respeto a Ramona que nunca le había solicitado nada. En la calle Juana Saltitopa, con el parque Enriquillo de por medio para llegar a la Avenida Duarte. Aquello era un panal de cueros y prostitutas de caras marcadas por encuentros fortuitos en tabernas o cabarets. Aunque no puedo negar que también había niñas hermosas recién llagadas del interior del país que en poco tiempo se convertían en fuente de contaminación portadoras de ladillas y gonorrea.

Gisela me refirió a una señora con sobrepeso, con hijos mayores que ya no vivían con ella. La mujer vendía comida y lavaba uniformes a guardias y policías. Me tomó un gran cariño y yo no sabía la razón. De manera que no me cobraba por la comida ni la ropa que me lavaba, dejándola blanca como la nieve. Un día me contó su secreto con lágrimas en los ojos. Me dijo cuánto me parecía a su hijo menor que le habían asesinado sin una razón una noche que salió para regresar temprano. Nunca ella aceptó de mi parte una remuneración hasta que pasó el tiempo que separa a los se despiden con rumbo incierto.
En aquel rincón de la capital, para uno darse un baño tenía que estar al acecho para tomarlo, antes que fuera ocupado por algunas de las damas que venían deprisa para no perder la novela televisada. Mi prima Gisela era la amante de un Sargento del Ejército, muy gobiernista, que no paraba su provocación para que yo definiera mi preferencia política, que por yo ser tan joven asumía que era de la oposición. El militar quería contrariar mis relaciones con mi prima Gisela. No lo logró, pero a mí me toco callar o ignorar saliéndome por la tangente del circulo de provocaciones del hombre.

Volví a mi ciudad natal, después de vivir con mi hermano mayor que tenía una mujer ya entrada en edad a quien mi presencia le molestaba porque asumía que yo escondía el dinero que me ganaba para no compartir los gastos de la casa, algo completamente incierto.
Regresé a la capital un tiempo después, cuanto acepté un mejor empleo que me permitió crear las relaciones para conseguir un visado hacia los Estos Unidos. Aquí nunca he creído que viva en una caja, aunque un día habite una de ellas, aunque he vivido en varios rincones de la Babel de Hierro, siempre en busca de un mejor mañana o una noche para reconciliar el sueño que a veces se escapa hacia tiempos apartados.

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domingo, 29 de julio de 2018

Notas biográficas -Eulogia Henríquez (Yoyo)


Eramis Cruz


Apuntes de la entrevista realizada con motivo de la publicación de la novela Por un Mejor Mañana en memoria a Ramona Henriquez. Las entrevistas fueron realizadas el 6 de junio de 2002 en la ciudad de San Francisco de Macorís, República Dominicana.

EC:            ¿Bartola, quién en realidad era Yoyo?

−Eulogia era conocida por el apodo de Yoyo. Ella era descendiente de españoles ya que su padre era un español, hombre alto, de ojos claros y de nariz perfilada y que en sus últimos años tenía blanca la cabellera. ÉL se dedicaba al comercio y fue muy exitoso, pero con el tiempo su empresa se fue reduciendo a la nada hasta que se convirtió en un abuelo retirado.

EC:            Todos conocimos a Eulogia y a José Santos, yo los visitaba con mi madre cuando ya Eulogia estaba mayor con una enfermedad la que la mantenía adherida a una mecedora.

−Eulogia Henriquez contrajo matrimonio con José Santos luego de vivir por muchos años “amancevados”, así llamaban en ese tiempo a los que no estaban casados por la iglesia Católica. Ellos aprovecharon una actividad cristiana que era conocida como el “Jubileo” y se casaron como Dios manda.

EC:            Pero ellos no vivieron aquí desde un principio, ¿verdad?

−Eulogia primero vivía en los Sancones y de ahí se mudó a la ciudad, exactamente a la Avenida Caonabo. Muchos años después se mudó con su familia a la cercanía del cementerio nuevo en una porción de terreno que bordeaba el basurero municipal. José Santos trabajó por un tiempo en las fincas de Nasario Rizek, más acá del río de Bijao.

EC:      Ese cementerio era un problema de sanidad y la gente no lo quería en ese                                 lugar.

−La población hizo esfuerzo para que el basurero fuera clausurado y finalmente fue logrado cuando decidieron construir el nuevo cementerio de la ciudad de San Francisco de Macorís. Las hijas de Eulogia se habían mudado, pero siempre cerca del mismo perímetro de ese lugar que la gente conoce como La Sabana de San Diego”. Estos son los nombres de sus hijas e hijos: Matilde, Ramona, Juanita, Lola, Luz María, Reina Santos (Niní), Bartola, José Santos (Chepe) y Pápa.

EC:            ¿Bartola y que edad tenías tu entonces?

−Para ese tiempo yo tenía unos diez años, yo nací en los Sancones y me bautizaron en las Joyas.

EC:            Yo siempre noté que tu y Ramona eran muy unidas.

 −Ramona y yo nunca nos separamos porque al ser Ramona mayor, ella vivía al cuidado mío. Nosotras éramos huérfanas, una de padre y la otra de madre. Ramona era una persona demasiado miedosa, pero conmigo ella resaltaba más en la familia. Un día ella me dijo desde Nueva York: Barto, yo estoy aquí, pero el día que yo amanezco con usted en la cabeza, es llorando que me la paso −decía ella.  Y yo le decía: confórmese y venga pronto.

EC:            Bartola hizo una breve pausa y luego agregó:

−En la familia todos son locos conmigo, no hay quien diga “Bartola no me cae bien”.

EC:            Aproveché que ella hizo otra pausa embargada por le melancolía y le                                           pregunté: ¿Bartola, quien fue el padre de la difunta Ramona?

−El Papá de Ramona era de apellido Bretón y la mamá de Ramona también, pero yo firmaba Santos Henríquez.


EC:            ¿Qué me puedes decir de ti, de tu vida en esos años en la familia?

−Mi madre murió cuando yo tenía dos años. Fue que nosotros nos criamos con nuestros abuelos, quiero decir con Yoyo y José Santos. Yo nunca conocí papá, papá que me echó al mundo yo nunca conocí. Yo conocí a esos dos viejos y desde entonces Ramona y yo nos quedamos como hermanas.

EC:            ¿Y qué pasó en adelante?

−Bueno, esos dos viejos me reconocieron como hija, me pusieron legitima en el papel de matrimonio.

EC:            ¿Bartola, que me puedes decir de ese casamiento de Yoyo y José Santos?

−Fue que ellos se casaron en el Jubileo, así le llamaban entonces. Si, en el Jubileo que hubo en el 1951. Venían unos padres católicos misioneros a la iglesia a casar amancebados. Yo se que esos padres no eran dominicanos porque venían de otro país.

EC:            ¿Como era el Jubileo?

−Mira Eramis, el Jubileo todavía se usa, pero no es como antes, porque antes era a la ciega, ahora hay que hacer unos cursillos pre matrimoniales.

EC:            Entonces nosotros si somos apellido Bretón ¿o no?

−Los Bretón, yo en realidad casi nunca me alié con ellos, porque nunca lo llegué a conocer bien.

EC:    Pero tu si conociste bien a la vieja Julia, ella era como una matriarca en la                      familia.

−Oh si, pero a la vieja Julia yo la conocí después de grande, pero yo nunca venía adonde ellos, digo los Bretón. Fíjate que al papá que me echó en el mundo yo lo conocí a los 42 años de edad, pero yo no lo quería, no me salía de aquí besarle la mano ni decirle papá.

EC:            El día siguiente yo me trasladé a la casa de Matilde pare conversar                                              con ella y con su hija Ramonita. Ya Matilde vivía más en la cama, siempre al                              cuidado de Ramonita y las atenciones de sus demás hijos. Cuando yo                                         formulaba una pregunta las dos intervenían para contestarla.

EC:            ¿Que me pueden decir de esta larga historia que queremos conservar para                                  nuestros descendientes? Es Matilde la que arranca:

−Yo vivía en la Marga. Recuerdo que en la Marga estaban tumbando los palos para sembrar pangola para el ganado. Fue aquí que Emiliano conoció a Eulogia. Ella era una mujer muy bella y él hasta le compuso una décima. Dos años después se casaron, pero Emiliano murió muy joven.

EC:            ¿Ramonita qué tu recuerdas de esa corta convivencia de Eulogio y                                               Emiliano?

−Bueno, mientras Yoyo trabajaba, un día Emiliano vino y se llevó a su hijo Negro y a su hija Matilde de diez años de edad. Se fue hasta los Arroyos detrás de su hermano. Ellos eran tres hermanos. Negro murió siendo ya un hombre, pero él era el más chiquito.

EC:            ¿Y dónde Matilde conoció a quien fue su marido de la vida entera?

−Lo que paso fue que Nene era del Ciguelillo, y Matilde vivía en esa localidad entonces.

EC:  Siempre oímos a los mayores hablar del mal tiempo del llamado                                                  Centenario, claro que esa era una referencia al aniversario de los primeros                               cien años de independencia de la república ¿Qué recuerdas Matilde?

−Para el Centenario yo tenía a Ramonita chiquita y a Pura, estaba embarazada de Jando que nació en el año 1945. El Centenario fue a fines de 1944. Hubo una gran sequía y no se hallaba que comprar para comer. No se conseguía un plátano, sino casabe que hacían de una planta que se parece a la yautía y que abunda en los montes. Había tanta escasez de comida que muchas familias hervían las guanábanas nuevas. Entonces se comía mucha harina de maíz con habichuelas; se comía el tallo de la mata de lechosa sancochado. Era que no se conseguía arroz en ninguna parte. Era una cosa increíble, uno con esos muchachitos sin encontrar que comprar.

EC:            ¿Y que hizo el gobierno de Trujillo?

−Ese no hizo nada. Si hubiese sido otro gobierno quizás hubiese pedido ayuda para el país desde algún sitio del extranjero. Era tan seria la sequía que uno no encontraba ni agua para tomar. Después fue que vino el terremoto, para acabarnos de arreglar. Para ese tiempo fue que se hundió la iglesia de aquí, de San Francisco de Macorís.

EC:            Matilde, quiero que me digas algo más de José Santo, de Ramona y alguien que                            fue muy conocido en Macorís y que llamaban Juan sin Miedo.

−Te digo que José Santos era un hombre tranquilo y muy trabajador que después que se casó con Eulogia, o sea con Yoyo, él más bien se dedicó al hogar y cuidar a su mujer y fue padre de sus hijos y de los de ella. José Santos primero vivía en la Vega y trabajaba para Trifón Munnnez. Ramona era Bretón, igual que Bartola, Chepe y Negro, aunque Negro murió muy joven. No todas las hermanas éramos hermanas de padre y de madre, pero Ramona no hacía diferencia, ella nos trataba a todos igual.


EC:            Matide o Ramonita, no se olviden de hablarme de Juan Sin Miedo.

−Los Breton eran de los Arroyos y se mudaron a la Rivera del Jaya. Juan Sin Miedo, como le decían por guapo, era hermano de Macheo. A ella todo el mundo la conoció como Macheo. Su nombre verdadero era Juan Bretón. Su esposo se llamaba Manuel Bretón. El era un hombre alto y mestizo de piel. Juan Bretón murió después de una vida afanosa y de muchos pleitos. Él era medio rabioso y no toleraba insultos personales, ni que le faltaran el respeto a él o a los suyos. El murió, pero nadie supo de qué, nadie supo calificar su muerte. Aquí, en el hospital le dieron por muerto. Era como las seis de la tarde cuando dijeron que había muerto, entonces disque que por la noche estaba sudando. Por esta razón se extendió el rumor de que lo habían enterrado vivo.

Matilde y su esposo Nene
 Ramona Henriquez





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