jueves, 11 de noviembre de 2010

Milagros en la playa desierta


Trozos de imágenes

Eramis Cruz

Recuerdo que no era domingo y era un día color neblina pero de lluvia muy ligera, yo estaba entonces muy enamorado de esa muchacha. Era la primera vez que íbamos a la playa y la primera vez que la miraba en traje de baño. Ese día nos dejaron la playa para nosotros y no se nos ocurrió compartirla con nadie. Estaba desierta con su arenal. Tuvimos que avanzar demasiado lejos para que el agua nos llegara a la cintura.

No me había percatado que ya no estábamos solos, allá fuera del agua hay una mujer que grita mi nombre. Aquella mujer me había reconocido y me llamaba con empeño. Siempre me he preguntado cómo logró reconocerme, a lo lejos y confundido con el cuerpo de la muchacha. Pero ella me llamó y salí a saludarle con el cariño que se merece. Era la hermana de mis hermanas que se llama Milagros.

No hacía mucho tiempo que había visitado su casa a las afueras de la ciudad, noté que su marido era hombre de rango militar, no creí tener tema de interés común para iniciar una conversación, de manera que puedo decir que del él tomé una fotografía con la cámara cerebral.

La casa era grande y ordenada, decorada con cierta delicadeza. En frente de la galería había un jardín con gramas verdes muy bien cuidado. Lo que más me llamó la atención fueron dos gatitos blancos con cintas de colores sólidos y vivos atadas al cuello.

Milagros eran una bella mujer y me dio la impresión de que disfrutaba de una vida plena y estable, un status que todas las mujeres sueñan alcanzar un día. Yo era entonces un joven de 21 años, carente de experiencia en muchos trajines de la vida. Noté que el hombre era algo mayor que ella, pero no consideré eso un asunto de mi incumbencia.

Conocí a Milagros en el tiempo más difícil de mi vida, tenía un porvenir incierto, como muchos jóvenes de los 70’s. Sin experiencia, sin dinero y sin carrera, no sabía a dónde ni en qué dirección buscar el futuro. Ella debió darse cuenta entonces. Porque me ofreció la puerta para una carrera militar. Mi hermano mayor había estado en el ejército sin alcanzar ningún rango y terminó de veterinario práctico en la ganadería. Pensé que era un trabajo que podía lograr sin dificultad y quien sabe hasta dónde hubiese llegado, pero lo pensé y luego le dije que no. Los jóvenes de entonces estábamos embebidos en las razones políticas de la crisis económica del país.

Encontré un nuevo ambiente en aquel lugar, en aquella carretera que escondía un caserío nuevo, o mejor dicho un residencial de casas nuevas, recién inaugurado. Uno llegaba al Nueve de San Isidro y el residencial le daba una sorpresa en aquel rincón de pueblo. Seguro que ahora luce muy distinto. Allí vivía Virgencita, como todo el mundo la conocía, siempre maquillada como reina de belleza, reafirmando su estirpe de gente muy distinguida, ella no se había dejado doblegar por los efectos irreversibles de los años. Me dijo una vez de la dificultad que confrontaba ya que las hijas les ahuyentaban a los enamorados.

Dulce, una de las hijas de Virgencita, me hizo un montón de historias muy divertida de cosas y casos de aquel lugar, partido en dos por el paso de la carretera. Pero nada me asombró tanto como la novela de ella y el amor de su vida, Abraham. El era un hombre musculoso, alto y elegante, con una actitud de hombre valiente. Pero esas cualidades no habían sido suficientes para intimidar a los admiradores de la muchacha. Me dijo que fueron varias las ocasiones de confrontaciones físicas de su pretendiente contra jóvenes lugareños amantes del desafío.

En el alma del humano se cultivan plantas que a veces paren frutas que de no tomarlas a tiempo pierden su dulzor. Me dijeron que un día Dulce vino a ver a su padre, después de muchos años sin mirarse a los ojos. El hombre estaba cultivando sus hortalizas cuando la hija apareció tratando de llamar su atención. El fingió no recocerla y ella se marchó llorando. Fue el instante de un desenlace dramático a una historia no contada y transmitida por el silencio o la suposición. A veces el dolor nos ciega, y no sabemos actuar con cordura, ni sabemos cuál es el momento para buscar una reconciliación. Ya el padre no vive, ni tampoco la hija y yo no me siento autorizado a explorar en las razones de dos seres separados por el tiempo y el espacio cuando los años aun surcaban sus caminos.

Dulce murió de parto. A mí me lo dijo un familiar con una informalidad espantosa, creo que ya el entierro había pasado. No llamé a nadie ni nadie me llamó a mí. Me resigné con los pocos recuerdos que de ella tenía. Yo nunca he cantado a nadie excepto al eco del baño de la casa, porque cantar no es mi arte, pero a ella le cantaba canciones de Danny Rivera y ella la toleraba.

Tu mano fue en aquel tiempo
continuación de la mía,
se que llorabas mi llanto
y gozabas mi alegría
tenías la risa franca
y tu mirada era altiva,
tu pasado era el misterio
que nunca revelarías.

Con los años caí en la cuenta. Dulce fue la primera hermana adulta que había muerto como nadie lo esperaba. La manera de anunciar su deceso no era una excepción a causa de la distancia, sino una manera recurrente de la familia tratar con los difuntos. La gente se muere y nadie corre para ningún lado al menos que se trate de un padre o de un hijo. Tengo la esperanza de que podamos cambiar esa manera frívola de tratar con las tragedias de nuestra propia gente. Al que se muere hay que enterrarlo pero al que queda vivo tenemos que abrasarlo y abrazarlo con amor.

Yo no volví por aquel lugar hasta una noche veinte años después camino hacia Nueva York. Fue una noche tormentosa de voceríos y disparos al aire. El residencial se escondió de mí en la oscuridad. Pensé que hay dichos que no pierden su actualidad como aquel que dice que nadie se baña dos veces en el mismo río.

En una playa desierta pueden ocurrir milagros como suponer que alguien se salve de las aguas bravías de un mar revoltoso en la oscuridad de la noche. El día que recuerdo era todo lo opuesto, definido por una lluvia romántica sobre el agua tibia del mar. El azul inmenso del océano reflejado en sus ojos y la voz de aquella mujer se expande ondulando el aire. Era Milagros, no recuerdo si después la volví a ver.

Es mejor precaver que tener que lamentar

Estar atento, caminar de prisa, transmitir que vas para algún lado, son ingredientes para evitar ser víctima del crimen callejero. Los ...