sábado, 16 de octubre de 2010

Rescate del Infierno




Eramis Cruz

A medida que el mundo se hace más pequeño e iluminado por el sol del conocimiento, pensamos menos en conceptos ficticios que en el pretérito atormentaron la modalidad de vida de la gente. La ignorancia es una condición de profunda incidencia en la vida de las personas. Por alguna razón my poderosa la ignorancia y la miseria, casi siempre, andan yuxtapuestas. Donde falta el conocimiento abunda la superstición y el fanatismo.

Parece que del infierno nadie se escapa, aunque el diablo no se escapó del infierno, sino que lo echaron del cielo por no ser un ignorante. Luego ya no pudo desasociarse del infierno por la simple razón de que el infierno fue establecido para los malos y ha de suponerse que fue erigido por los buenos. “Cómo son las cosas”.

Hay gente que dice que el infierno no existe, pero como en la vida todo
parece tener su contrario, entran en el dilema de si tampoco el cielo. Es ahí donde comienza la de nunca acabar, el cuento aquel sobre cuál fue primero, si el huevo o la gallina. Los buenos nos mintieron, y esa no fue la primera vez. El infierno nunca fue un concepto terminado, fue un asunto filosófico que tomó siglos para ser creído a medias. Dónde no se convence con la verdad, por carecerse de lógica y razón, se impone el miedo y la opresión. Cuando el clero se confundía con los estamentos del poder monárquico no bastaba con quemar el cuerpo de los ateos, había que saber qué hacer con sus almas.

Para los católicos, el hombre más relacionado a la arquitectura del infierno, fue Dante Alighieri con la presentación de su gran obra “La Divina Comedia”. Hallamos que se trata de una obra de ficción que desencadena en el cerebro de un ser humano de dotes sobresalientes y entrelazado a los medios influyentes y dominantes de su época, al igual que el avispado Leonardo da Vinci y Américo Vespucio (Amerigo Vespucci).

Durante setenta días, el infierno fue más patético para treinta y tres mineros chilenos después de una explosión ocurrida en la mina San José de Copiapó de la compañía San Esteban. Quedaron enterrados en vida a setecientos metros de profundidad desde el cinco de agosto del 2010. Ellos fueron condenados al infierno el día que firmaron su contracto de trabajo. El trabajo no es un castigo, pero el trabajador es condenado como si lo fuera, al menos que con sus compañeros se libere de tal condición.

La noticia de los treinta y tres mineros sepultados en el infierno se expandió como pólvora encendida por todo Chile y el mundo entero, y se demostró una vez más que “cuando se quiere se puede” sólo hace falta la voluntad para unir recursos y actuar unidos.

El rescate de los condenados, terminó siendo uno de esos eventos de la humanidad que pasan a la historia para llevar consigo el calificativo de gran acontecimiento. Se gastaron veinte millones de dólares en el rescate y los medios de comunicación terminaron ganando una audiencia que le garantiza el éxito con sus anunciantes y patrocinadores. Los desagravios del desierto no fue un obstáculo para reunir un contingente de reporteros, técnicos, funcionarios y expertos, con la tenacidad necesaria para rescatar esos hombres del infierno de aquella mina, pero aun así, allí no había actores inocentes.

Sin lugar a dudas, los medios de comunicación les dieron pintura al rescate de los mineros, ellos son la voz del modus vivendi del espacio sideral. Ellos iniciaron una novela de la infidelidad de unos de los mineros, ellos llamaron héroes a estos trabajadores e iniciaron el entorno para hacer del rescate un libreto para Hollywood. Impusieron los indicadores para una base de propuestas para entrevistas en los canales de televisión con la finalidad de generar millones para los portafolios de la compañía de la información. Ellos no sólo informan, sino que además dan opinión y personalidad el manejo de los acontecimientos para esconder los factores intricados que afectan los intereses de gobiernos e inversionistas.

Ni antes ni durante, y dudo que después, se habló de las razones por las cuales los mineros chilenos fueron víctimas de las operaciones inseguras de una compañía, que no es la única en Chile ni la única en el mundo, envuelta en un negocio que le producía millones en la explotación del cobre y del oro. Chile es el mayor productor de cobre del mundo. Aquí no se quiso relacionar la condición de clase de esos hombres. Prefirieron repetir como cotorras o gaguear por falta de palabras antes que entrar en un tema que verdaderamente debió ser su deber moral como medio de comunicación.

El sindicato que representa a estos mineros chilenos, la FMC y sus diez mil afiliados, no logró estar presente en alta definición de las pantallas, como un instrumento de unidad y organización de los miles de trabajadores en la industria minera, expuestos al peligro y a la inseguridad en las minas. No se habló de sus condiciones de vida, no solamente en Chile sino en otros países donde corren los mismos riesgos.

El presidente Sebastián Piñera se benefició de la oportunidad para promover y fortalecer la posición de su gobierno y confirmar el apoyo internacional, especialmente de Estados Unidos, país que quiso ignorar por razones históricas, y otras potencias, y países como Venezuela y Bolivia. Piñera se vio forzado a reconocer las fallas de su administración por no inspeccionar y aplicar los códigos vigentes de seguridad en las minas, para evitar que más trabajadores de la industria sean condenados al infierno.

La puerta de ese infierno fue sellada luego de terminado el espectacular rescate, pero quedan otras abiertas, y restan muchos que firman contractos de trabajo para descender a las minas. La compañía San Sebastián se declaró en quiebra para huir de su responsabilidad. Seguro que los accionistas van a reinvertir su capital en otros portafolios del mundo financiero. Esta compañía había sido cerrada por violaciones a las normas y luego permitida reabrir sus operaciones sin cumplir con las demandas ni con sus compromisos.

La gente tiene razón al repetir que “el infierno está en la tierra”, a veces debajo de ella o en la superficie del mar, se busca oro, cobre o petróleo para vender. Recordemos el desastre sucedido recientemente en el Golfo de Méjico, una catástrofe ecológica de consecuencias inconmensurables dónde humanos y animales perdieron la vida y la naturaleza su pureza y diafanidad.

El empeño de separar el alma del cuerpo para mandarla al infierno o la gloria, no es más que un remanente de la gran mentira de la conspiración de los buenos, para condenar a los malos y así escapar con el gran capital que produce la labor de los trabajadores en la tierra o en el mar. Fue de esta manera que la familia Rockefeller creó su imperio, explotando a los trabajadores mineros en el país de los sueños y otros países. No se dijo nada de ls historia de esta industria en Chile, que la industria del cobre fue nacionalizada en este pais por Salvador Allende, ni de qué manera la familia Rockefeller a través de la Barrick Gold conspiró para proteger sus intereses en Chile y Argentina.

Es más realista aquél que comparte la opinión de que los trabajadores están condenados al infierno de los emporios, al menos que entiendan que los seres humanos tenemos un mundo que compartir y que unidos es posible revertir el infierno por la gloria o el sufrimiento por la felicidad. “Sea usted el jurado”, millones de trabadores esperan por un rescate hacia la dignidad, ellos son anónimos pero no el producto de su trabajo, en las minas o en las factorías. Para esta reciente historia no debe haber un “caso cerrado” sino que debe ser la primicia para que otros muchos casos infernales se pongan sobre el tapete.
























Es mejor precaver que tener que lamentar

Estar atento, caminar de prisa, transmitir que vas para algún lado, son ingredientes para evitar ser víctima del crimen callejero. Los ...