jueves, 13 de agosto de 2015

Cuando la migración no tiene madre



Eramis Cruz



Conducir un vehículo de motor fue para mí una fantasía desde que era un chico, obtuve mi licencia de conductor tan pronto alcancé la mayoría de edad y han sido muchos los vehículos de mi propiedad. En eso pensaba mientras transitaba la Avenida Grand Concourse. Salí en mi Ford Escape, el aire acondicionador estaba como un congelador, el GPS se negó a conectarse pero yo sabía a dónde iba, eso es una gran ventaja para cualquier persona. Conmigo iba mi amigo Junior, un joven recién llegado a esta gran ciudad. Teníamos la misión de ir a varias empresas en busca de empleo para él. Hicimos un recorrido por un par de condados neoyorquinos, positivamente Junior tiene buenas perspectivas.
 Mientras conducía, el vehículo se estrellaba contra el tiempo de mis recuerdos, fue en ese entonces que por una decisión fortuita,  tomé mi ligera valija, dieciocho dólares en el bolsillo y con una esperanza con piel de rinoceronte, abordé un aparato de Dominicana de Aviación y crucé el Atlántico hace 37 años.

Hay muchos que después de un tiempo han estabilizado su mundo y el de sus proles. Entonces es fácil olvidar que por estos predios aun llega gente en busca de un sueño y que merece algún tipo de solidaridad o condescendencia. Las cosas pequeñas adquieren una gran dimensión cuando en verdad se necesitan para resolver otras mayores, un pasaje para el subterráneo, por ejemplo.    
No es el país, ni la distancia que se recorre la que importa, sino la circunstancia que te convences y te obligas a recalcular las coordenadas del mundo a explorar por un empleo y la garantía de un futuro de mejor suerte. Es de conocimiento general que la necesidad es el elemento motivador de toda acción, y hasta reacción, especialmente la necesidad de carácter económico.
Volviendo a mis memorias, debo decir que más de una vez me quise regresar a mi país, pero cuando soñaba que había regresado despertaba con la impresión de que había tenido una pesadilla. En realidad era muy joven cuando arribé, a sabiendas de que en poco días me convertiría en un indocumentado, una diferencia con los ilegales pero muy leve. La diferencia era tan mínima que un día llegaron a la factoría los agentes de migración, algunos corrieron despavoridos y se escondieron en cualquier hueco o se arriesgaron por las escaleras de incendio.  Pero otros estábamos muy cerca de la puerta frontal, a la vista de todos y terminamos acorralados como las reses en corral. 

Luego comentaron los trabajadores que el patrón nos había traicionado para deshacerse de aquellos más conflictivos, especialmente los que queríamos afiliarnos al sindicato. Logré salir de allí gracias a los buenos oficios de un bogado que en realidad no lo era. Durante los tres días de detención y firmando documentos sin saber lo que decían, aparecieron los amigos para unirse a mi rescate debido a mi reputación de líder juvenil de una iglesia del Alto Manhattan. Todavía era el tiempo cuando ser un indocumentado o un ilegal, era un inconveniente pero no necesariamente un crimen. No existían las penalidades ni apresamiento por largo tiempo como en los últimos años.
Hoy puedo resumir en pasos amplios el camino recorrido. Cambié mi licencia de conducir por la de Nueva York, inicié un curso de inglés, volví al país cuatro años más tarde después que tenía un apartamento rentado. Entonces me había divorciado de un amor tormentoso y de otro amor de verano. Al volver al matrimonio fui apremiado con mis dos hijas maravillosas que sumada a mi hijo por excelencia, fueron los únicos descendientes. Ya había obtenido la certificación de equivalente de la secundaria, luego ingresé a la universidad. En el 1992 hice la ciudadanía de los Estados Unidos, y después de varios empleos en la industria del vestido, ingresé a la universidad; venciendo los desafíos logré un empleo en la Ciudad de Nueva York. Ahí trabajé para  tres departamentos por veinte tres años hasta mi retiro definitivo en el 2014. Tengo el beneplácito de haber publicado cinco obras literarias.

Ahora debo volver a mi amigo Junior, que también dejó en la isla a su mujer con la esperanza de que un día pueda seguir sus pasos. No todos seguimos las mismas sendas, pero siempre estamos compelidos a luchar por cosas muy similares o análogas. Junior es un recién llegado, pero tiene una ventaja comparado con otros inmigrantes, él era indocumentado en su República Dominicana porque nació en Estados Unidos y su madre fue deportada y se lo llevó cuando el tenía siete años de edad.
Como a su madre no se le permitió volver a su apartamento a recoger sus pertenencias y documentos, ni contó con un familiar que lo hiciera, el niño estuvo desprovisto de identificación por más de veinte años. Se pudo inscribir en la escuela solo hasta el octavo grado, luego era como que no existía en el país.  En uno de mis viajes familiares conocimos a este joven por medio de su novia y nos contaron las serias dificultades que él confrontaba. Se nos ocurrió escribir a la prensa y el caso llamó la atención nacional e internacional, con más de diez mil comentarios el muro de Facebook del Listín Diario. Después de algunas gestiones la embajada de Estado Unido le llamó para entregarle un pasaporte a este dominico-americano.
Nótese que Junior no fue el único americano indocumentado en otro país, los hay en todas partes del globo, pero ellos ni se consideran ni son considerados indocumentados por razón de su costumbre de imponerse en la psiquis del resto del mundo usando la razón o la fuerza. 

Es evidente que en este caso hubo alguna negligencia familiar, pero todo cuanto ocurre siempre tiene una razón que a veces se desliga de la solución más atinada. A pesar de los vericuetos, este joven me recuerda mi entrada a esta gran nación. Junior a pasar de ser hijo de dos países, ni en uno ni en el otro había tenido la oportunidad de vivir con dignidad, ahora le toca tomar las cosas en sus manos para reivindicar lo más pronto posible el tiempo perdido.
Tal vez no falten diez mil años para que se cumpla la utopía que refiere el tiempo en que los ciudadanos de los países sientan que son hermanos y un hermano siempre es bien venido, entonces la migración se hará por comodidad no como un exilio forzado por necesidades tan perentorias para la sobrevivencia.

Es mejor precaver que tener que lamentar

Estar atento, caminar de prisa, transmitir que vas para algún lado, son ingredientes para evitar ser víctima del crimen callejero. Los ...