martes, 5 de septiembre de 2017

Cuando la muerte nos pisaba los talones


Eramis Cruz

Recién habían matado al presidente Trujillo y eran los años de una lucha feroz por el control político de un país que exigía el retorno a la democracia. Mis dos hermanos y yo éramos los tres aún niños de una extendida familia. Nos fuimos vivir con el viejo, a vivir solo con él en medio de extensas fincas, grandes terrenos baldíos, espacios repletos de cocoteros, lagunas que nunca se secaban y un inmenso mar orillado por el infinito.
Una carretera arenosa pasaba por el lugar como un Bulevar solitario, el lado opuesto al mar era impenetrable por las puntiagudas ramas del agave, el aloe vera y otra planta que llamábamos Jericó. Era cuestión de tiempo y el mar terminaría con esta angosta vía, a cada cierta distancia se podía ver un cadáver sin sepultura de un cocotero arrancado de raíz por la consistencia de las olas del mar. Habíamos llegado a este lugar un día no marcado en el calendario, luego todos los días fueron iguales, hermosos y tentadores para la aventura.

De los tres yo era el mayor con tan solo diez años, nuestra hermana era la menor, pero tenía un instinto natural que era como un arte de autodefensa propia. Entre lo dos estaba el otra varón, acompañado de una malicia que lo hacía culpable de cuanto sucedía en el entorno porque tenía una gran habilidad para las malicias. La estrategia era tener la mayoría a su favor, dos contra uno, de lo contrario reinaba el caos y se descartaba todo elemento de mediación.
Como éramos la ultima prole, nuestro padre ya estaba mayor y siempre estaba ajeno al quehacer propio de nuestra edad. Como no corríamos riesgo humanos, a él la casualidad de la naturaleza no le preocupaba.
La tierra aquí era completamente plana, y donde no había un sembradío era terreno del dominio de la maleza. El animal más popular era el hurón porque mata a los polluelos y se come los huevos de las gallinas. Entre los insectos ponzoñosos los más populares eran las avispas, aparte del cien pies y las tarántulas. 

En realidad no éramos campesinos, habíamos vivido en la ciudad pero muy cerca del campo, en una ciudad desconectada del mar. En ese tiempo ni siquiera había una piscina en todo el pueblo del Macorís del norte, de manera que para aprender a nadar había que tener la suerte de vivir en las proximidades de un pozo o charco del río Jaya, pero aquí ahora todo era diferente. Teníamos la suerte de contar con un mar inmenso solo para nosotros. No teníamos que pedir permiso para irnos a la playa por el tiempo que nos diera la gana. Estas playas siempre estaban solitarias y a los lejos se podían ver las embarcaciones, y menos lejos, los pescadores remando sus canoas. A veces nos quedábamos allí, mirando la lejanía. 
La única advertencia con la que contábamos en relación al peligro de las olas del mar era la leyenda de María la O. Según lo que nos habían contado María la O se divertía vociferando vilipendio al mar hasta un día en que éste tomó venganza en su contra. Sin embargo esa leyenda no impidió las tantas veces que desnudos y con gran alboroto no lanzamos a disfrutar la tibieza de aquellas aguas de la costa de Nagua.

Siempre soñamos con encontrar una caracol de eso que  permiten oír el ruido del mar sin importar cuan lejos estés de él. El perímetro de nuestra zona de aventura se fue ampliando cada vez más igual que la confianza que le teníamos a las profundas aguas y bravías olas de aquel entorno llamado la Senda o Boca Vieja. En poco tiempo dos puntos del peligro limitaron la distancia que nos estaba permitida recorrer. A la derecha había un lugar donde las olas salían con gran estampido y se estrellaban contra la playa y luego regresaban con violencia formando un pequeño río tormentoso que regresaban al mar entres rocas paralelas y se deslizaban por debajo de las olas de aquel círculo natural del vaivén.
A la izquierda había un lugar que nos fascinaba, como siempre pasa con el peligro. Era un espacio profundo dentro de aquellos arrecifes, su única salida era hacia el mar, por donde entraban las olas para convertirse en un gran recipiente repleto de espumas blancas. Con cuidado descendíamos unos metros para llegar al fondo y recoger unos caracoles de colores que nos parecían muy atractivos. Ya habíamos hecho de este descenso al infierno una rutina hasta el día que apareció un señor que alarmado nos hizo salir de aquel lugar. Fue tanto su estado de consternación que repetía no creer el atrevimiento para exponerse a una muerte segura. Los ademanes de aquel hombre, los gestos de su cara, su mirada fija a aquel agujero y su disposición de estar allí hasta que saliéramos de aquella peligrosa fosa, nos convenció de que nunca más volviéramos ni siquiera a mirar a aquel lugar. En mi mente se quedó aquel cuadro sin pintor, rocas mojadas de color gris oscuro, con fauces un su superficie que cientos de cangrejos desafiaban el agua salobre con vida propia.

Sin embargo el incidente más próximo a la muerte no sucedió ni a la izquierda ni a la derecha sino exactamente en el centro de aquel perímetro cuando unas olas de gran fuerza nos impactó y arrastraba a nuestra hermana hacia dentro cuando la sujetamos por los caballos mientras resistíamos contra la arena que se escapaba debajo de nuestros pies.
El mar es bravío por esta zona del litoral de la provincia María Trinidad Sanchez. Muchas veces oímos las historias de personas que se ahogaron en diferentes episodios del mar de este entorno. También no resultaban familiares las historias que describían las ocasiones en que un día o una noche, mientras la gente dormía, el mar hacía una inusual visita y se salía de su lugar para invadir las humildes casas de los residentes del litoral.

Recuerdo los días en que fuimos a la playa y sorprendidos la encontramos repleta de malezas verdes y hasta podridas, troncos enormes de palos secos transportados quién sabe de qué lugar y arrojados con ímpetu a muchos metros, lejos, donde no era usual que llegaran las olas.
La verdad que como dice la gente “la que está para uno no se tuerce”, me imagino que también así debe ser la versión contraria del dicho, porque como decían nuestros antepasados “nadie se muere la víspera" aún la muerte le pise los talones.

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Es mejor precaver que tener que lamentar

Estar atento, caminar de prisa, transmitir que vas para algún lado, son ingredientes para evitar ser víctima del crimen callejero. Los ...