domingo, 20 de noviembre de 2011

El reto de enfrentar la violencia doméstica



Por Dinorah Coronado
Según la enciclopedia cibernética Wipedia, “En 1981 se celebró en Bogotá, Colombia, el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, donde se decidió marcar el 25 de noviembre como el Día Internacional de No Violencia contra las Mujeres, recordando el asesinato de las hermanas Mirabal. En 1993 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en la que se definió la "violencia contra la mujer" como todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la liberta; ya sea que ocurra en la vía pública o en la vía privada.”

Por otro lado, se explica que las mujeres de todo el mundo son objeto de violación, violencia doméstica y otras formas de violencia, y a menudo están ocultas la escala y la verdadera naturaleza de la cuestión. En el mundo, una de cada cuatro mujeres ha sido violada en algún momento de su vida. Dependiendo del país, entre una y tres de cada cuatro mujeres son maltratadas físicamente en sus hogares de forma habitual. Cerca de 120 millones de mujeres han padecido mutilaciones genitales.
El Día de la No-violencia contra la Mujer debe entenderse como una fecha para evitar ejercer la humillación, la violencia, esclavitud sobre otros seres humanos. Es hora de que todos tomemos conciencia de los diversos matices de la violencia en el hogar y en cualquier entorno social, y comencemos a abrir las puertas de la tolerancia, del afecto libre, de la ecuanimidad, del respeto y compasión hacia el dolor ajeno, y de que agresores y víctimas no se sometan a consecuencias tan funestas como la prisión, muerte a destiempo, traumas psicológicos, destrucción de la gente por la gente.
La violencia doméstica consiste en el maltrato habitual de tipo psicológico, sexual o físico, que una persona ejerce sobre otra en el ámbito familiar, y se ejerce sobre niños, mujeres, hombres y ancianos. No escapan los animales. Es un problema mundial, sin fronteras, según informan organizaciones como las Naciones Unidas y Unicef.
Los malos tratos ocurren en todos los estratos sociales, inicialmente en el noviazgo, siguen en el embarazo y se profundizan con los años. El maltrato físico es el más evidente: golpes, jalones de pelo, de orejas, agresión con objetos. Por lo general se empieza con insultos, humillaciones, menosprecios, intimidación, hasta convencer a los victimarios de que son merecedores de las agresiones, y lo cual le asegura al perpetrador(a) que no se lo va a contar a nadie. Las cicatrices de este maltrato no desaparecen nunca.
La mujer abusada puede tener problemas de autoestima, estar atrapadas por presiones económicas y sociales, tener sentimientos de miedo, impotencia; tiende a aislarse, por imposición del agresor, y sentir culpa y vergüenza. Sufre por dependencia económica: “No puedo mantener el hogar sola); independencia emocional (“Es un buen hombre, siempre me pide perdón.”); no tiene un circulo social de apoyo (teme hablarles de ese tema a familiares y amigos); a veces las creencias religiosas mal entendidas influyen en el mantenimiento de situaciones alienantes (la mujer debe servir al marido).
En ocasiones la mujer justifica la deleznable vida que lleva con razonamientos como estos: “Si se va, le vamos a destrozar la vida a sus hijos; si me voy, me va a encontrar; si se lo cuento a alguien, se empeora la crisis; el juez no me va a creer; me va a denunciar por ser ilegal; o puede contar mis secretos como revancha.”
 Por otro lado, se afirma que más de tres millones de niños son testigos de la violencia doméstica cada año; el agresor siempre hallará una excusa para volcar su agresividad en la mujer y los hijos. Casi siempre está envuelto(a) en problemas de alcoholismo, drogas, desórdenes bipolares, falta de empleo, padres violentos. Los agresores tienden a tener baja autoestima, frustración, dificultad para expresar sus sentimientos; no cambian fácilmente porque no entienden que necesitan ayuda y no reconocen su situación. Generalmente piensan que el problema es de los otros, les falta compasión y autocontrol; tienen problemas con la ley, abusan de drogas, alcohol; han sufrido abusos en la niñez, suelen tener una historia criminal y casi siempre son pesimistas y están enfadados.
Otros reservan la violencia a la intimidad del hogar. Son encantadores en el trabajo, con los parientes, amigos y vecinos; pero en la casa se convierten en tiranos muy agresivos. En el caso del hombre abusado, que oculta sus problemas por temor a ser juzgado “débil”, dado que es víctima del sexo femenino, le recordamos que usted es un ser humano con necesidad de apoyo. No tarde en detener el círculo de la violencia, pues sus hijos y los suyos sufrirán las consecuencias también.
Lo mismo les decimos a las abuelas que aceptan por muchos años una carga familiar, que debió ser muy pasajera: comuniquen sus pesares a los hijos, busquen ayuda y entreguen la carga a los padres de esos nietos, quienes son los responsables de los hijos que engendraron. Si no pueden, por lo menos acérquense a agencias y grupos de apoyo.
El efecto de la violencia doméstica en los hijos es terrible. Se exponen a situaciones de inseguridad física por los golpes, gritos entre los padres y el deseo de intervenir para separarlos; se asustan, se sienten culpables, sufren traumas psicológicos con efectos negativos para toda la vida; esos efectos se reflejan en la salud, bajo rendimiento académico, en su comportamiento social. Pueden mostrar excesivos niveles de timidez, agresividad contra hermanos, madres, amigos; depresión, suicidio, promiscuidad sexual, drogas, delincuencia.
Esos niños necesitan personas que les ofrezcan modelos positivos, actuando con calma, serenidad, consideración; que sean confiables, que no rompan las promesas, que promueva la autoestima de los menores alabando sus esfuerzos y logros, que les haga entender que el abuso nunca es culpa de ellos; que use los cuentos, la poesía, la pintura o manualidades y el drama para canalizar las frustraciones. También pueden esos colaboradores ayudarles a crear un plan de seguridad: no meterse en pleitos, tener números telefónicos de parientes, organizaciones  o amigos adultos para pedir ayuda; un sitio seguro a dónde acudir.
Si usted o alguien que conoce es víctima de violencia,
Además, hay que tomar acción: a largo plazo, o inmediatamente, si se presentan síntomas de violencia excesiva, crueldad contra animales, lesiones físicas inexplicables, dramatización de violencia física o sexual extrema, mientras juegan los menores; aislamiento, temor a invitar a otros niños o menores a su casa.
Para reportar un caso de violencia doméstica, se debe llamar al 911, o a la línea directa (800) 799-7233. Más tarde puede ser peor. Pueden conseguir una orden de protección, que obliguen a los perpetradores a recibir la ayuda profesional necesaria y a recibir terapia familiar, para lidiar con los traumas.
Mujer, antes de agotar esos recursos, recuerden confiar en un miembro de la familia o amigos, consulta tu caso con el trabajador social de una agencia comunitaria, crea un plan de seguridad para salir; reúne los documentos familiares importantes y ponlos en un lugar secreto o guárdalos en otra casa que te inspire seguridad y confianza; guarda algunos ahorros, juguetes y ropas.
Nos queda la pregunta, ¿qué podemos hacer para detener el círculo deleznable de la violencia doméstica?
Evitar los exabruptos, el descontrol, mediante el asesoramiento médico, lecturas y talleres sobre el manejo del estrés.
Desarrollar una filosofía más humana, basada en el amor a la humanidad y en la cooperación; aprender a perdonar y a deshacernos de egoísmos y sentido de posesión. Aprender a retirarse a tiempo de situaciones conflictivas que no se pueda manejar. Sacar tiempo para reflexionar, acercarse a la naturaleza, concentrarse en ser portadores del buen vivir. No encajone su mente, eche alas; conozca a otra gente, llénese de nuevas ideas, lea libros y júntese con gente que le ofrezcan antorchas para alumbrar el camino. No pierda la fe en su familia, sus hijos; pero prepárese para contribuir a su desarrollo con ecuanimidad y conciencia. Si no puede, si ya ha buscado ayuda, aléjese por un tiempo y deje que la vida de los suyos transcurre sin los tropiezos que usted le impone.
Promover la paz, la tolerancia a través de la danza, las canciones, la poesía, el teatro, el cine, los videojuegos, los programas televisivos, los periódicos, y todo lo que sirva como puente para acercar o comunicarse con la gente, y fortalecer el respeto, los buenos valores, el acercamiento amistoso y la expresión libre, pero armoniosa.
Implementar marchas, debates, conferencias en que se transmita la promoción del valor a la vida, a la fe en la humanidad y las sanas interrelaciones, son puentes viables para construir senderos saludables para esta y las futuras generaciones.
Dinorah Coronado: escritora, psicóloga y consejera dominicana, autora del libro “Manual de Relaciones Humanas y Madurez Psicológica” y de las novelas A la sombra del flamboyán, Raquel, Soy campeón, Entre dos mundos y Juanito y su robot. dinorahcoronado@aol.com

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