viernes, 12 de septiembre de 2014

El barrio que nos cambió la vida



Eramis Cruz

Los barrios de las ciudades tienen sus particularidades relacionadas con factores de urbanidad, con su historia desde su fundación y otros factores antropológicos. Vine a vivir al barrio Santa Ana o a una porción de él desde el otro extremo de la ciudad cuando nuestra madre se hizo de un solar donde construyó su única casa. Ella estuvo aquel día cuando unas familias invadieron los terrenos bordeados por el río Jaya y allí se quedaron para siempre. Mis memorias son una mescolanza de ambas barriadas para incluir la de San Martin.
Ya nuestros barrios no son los mismos, o tal vez los que no somos los mismos somos nosotros, el tiempo lo cambia todo y lo peor es no darse cuenta, ni siquiera. Pero independientemente de  quienes cambiaran, la memoria no nos puede tergiversar aquellos recuerdos tan afables. Cómo vivíamos orillando aquel río que en su cauce cargaba sus días de gloria y su tiempo de decadencia, todo el mundo haciendo un esfuerzo noble por ganarse la vida.
La vida estaba decorada por las simplezas naturales, sin rascacielos que nos impidieran ver la aparición del arcoíris, con suficiente claridad para distinguir los improvisados vuelos de los pajaritos y sin ruidos que nos impidiera escuchar el melodioso canto de los ruiseñores. Entre nosotros el que no componía poemas, copiaba canciones de moda, y quien no hacía ni una cosa ni la otra dibujaba un corazón atravesado por una flecha lanzada por Cupido desde un lugar clandestino conocido solo por los enamorados.
Todos queríamos ser don Juanes para conquistar los corazones de las bellezas de aquella amplia guarida en la que el sol brillaba el día entero para hacer más visibles los colores de las flores. Unos decían que la mejor hembra del barrio era Lulú, ella no solo era la más hermosa sino la más atrevida, confirmado las veces nos desafió y levantó su falda dejándonos boquiabiertos. Lo supimos el día que nos dijo que no había nada más bueno que un pene en la vagina con movimiento contorsionado. Pero para perder el sueño nada podía ser peor que un asalto al pensamiento durante la noche de la figura de la negra Sergia llevando pantalones blancos y una blusa que dejaba ver su cintura rayando su área púbica. Uno se quedaba sin respiración cuando ella se acercaba con su sonrisa de superestrella y aquella mirada de sus ojos negros. Ella era joven, fuerte y su sensualidad revelaba una inocencia de ángel con una notable incongruencia con la bestialidad física de su cuerpo.
Mientras para muchos machos un día de borrachera era cosa común en el trascurso de la semana, para los cuerdos era más natural la fiesta del sábado por la noche y el domingo la resaca que se aliviaba con un vaso de agua con Alka Seltzer. Nada más deseado que aquellas pequeñas burbujas de explosiones imperceptibles.
Conocíamos al policía, al zapatero, al carpintero, al ebanista, al fotógrafo y al lechero. Uno respetaba el cura porque era quien predicaba la palabra de Dios, bautizaba a los niños del barrio para librarlos del pecado original y casaba a las parejas de enamorados. Era el tiempo de la inocencia pero apesar de ello los pecados se cometían por las más comunes insignificancias. Parecía más bien un buen negocio.
Teníamos admiración por el cartero porque con orgullo ejercía su profesión y llevaba las correspondencias a las casas, tanto a las pobres como a las más pobres. Nunca le dábamos propina, pero el cartero siempre venía con la misma cara. Era un tiempo de magia donde todo tenía un lugar y una función indispensable, así era la maternidad, la repostería, la zapatería, el colegio o la escuela, la fortaleza o el cuartel de la policía.
La parte buena del país era aquella que tenía sabor a pueblo, sabor a barrio, allí donde se reunía la gente. Y luego se hicieron difíciles de olvidar nuestros más destacados personajes. La vieja negra y gordinflona que nadie era como ella excepto su hijo que siendo tan pesado abusaba de su bicicleta. A la vieja había que respetarla por ser la dueña de la pulpería y podía negar el crédito cualquier día, especialmente si era día de lluvias y tormentas.
Salomé con aquel olor a cachimbo atendía su ventorrillo en el que vendía ajíes y cilantro, mangos y limoncillos, orégano y otras hojas para tizana, además, viandas para complementar la comida.
Valentín con su borrachera todos los fines de semana se gastaba la ganancia de su zapatería a pesar de los pleitos de su mujer alta y flaca y siempre dispuesta a echarse un pleito con el primero que le sacara en cara los defectos de su marido o la travesura de su hijo el loco Gustavo. Tenía como vecino y mejor amigo a Chano que parecía ya muy viejo para hacer todos los hoyos de letrina del barrio, pero era testarudo y no le pesaba ni el pico ni la pala, se llevaba bien con su mujer que si no hubiese sido por su edad cualquiera hubiese pensado que estaba en gestación de nueve meses.
Para la juventud de entonces, tanto como para la de ahora, el mundo hubiese sido perfecto sino no hubiese sido por los desafueros de la política. El gobierno era una gran mentira, lo había sido desde el principio del descubrimiento de América. Oíamos decir de la esclavitud en Estados Unidos, que trajeron negros desde África para venderlos como esclavos y que fueron años de sufrimientos hasta que ellos mismos se hicieron libres con la colaboración de algunos blancos.
Pero nuestra historia no fue así, fue una historia del fraude, de la mentira, de las leyes que nunca se cumplieron, de los salarios que nunca se pagaron, de los prejuicios raciales y la importación de la cultura. Sin embargo en el bario todo era diferente, hasta la historia. Allí el amor por la patria nunca moría, siempre teníamos muchos para que se hicieran héroes a cualquier precio, pero solo por el país.

El bario era tan hermoso, a pesar de tantas limitaciones, sin embargo todo parece que se puso peor luego que calló la dictadura ¿Dónde dejaron la alegría del pueblo? ¿Dónde? ¿Cuándo fue que llegaron los ladrones, violadores de niñas, invasores de hogares y los funcionarios corruptos? ¿Cuándo?

lunes, 1 de septiembre de 2014

El Sinvergüenza



Eramis Cruz





Rosa Lena lo presintió otra vez, no era el mejor momento para un embarazo, sin embargo no tenía la menor duda,  los síntomas eran inequívocos.  Seis meses más tarde estaba resignada a su suerte y decidida a aceptar con todo el amor del mundo lo que le trajera la cigüeña. El parto fue normal y sin contratiempo. Ningún familiar postergó la  visita a la maternidad, imperaba el deseo de ver al niño de piel color canela y pelo negro abundante.
Rosa Lena no lamentaba la circunstancia en la que tuvo su quinto hijo, pero estaba segura que nunca tendría una vida amorosa con ese hombre que tenía fama de don Juan, de tacaño con el dinero e insensible al dolor ajeno, para el colmo, estaba recién reconciliado con su esposa. Pero Dino Saviola sorprendió a medio mundo, principalmente a sus familiares más cercanos por su apego a este hijo. Estaba resuelto a librar una guerra declarada contra Rosa Lena para que le diera el hijo. Redobló el esfuerzo después de confirmar que Rosa Lena tenía ya un nuevo marido más joven que ella, inclusive, supo que estaba embarazada otra vez.

Rosa Lena no lo creía, pero quien estaba detrás del empeño de Dino Saviola  por quitarle el su hijo no era otra que su propia esposa Venus, hasta oyó decir que quería venir a verle para convencerla de que era lo mejor y que ella sería una buena madre para ese angelito negro, además, tendría a su favor la corta distancia de los hogares de ambas familias, de manera que podría ver al muchacho cuantas veces lo creyera necesario.
A pesar de la fuerza del instinto maternal de Rosa Lena, que era madre amorosa para todos sus hijos, fue su último marido quien pudo convencerla para que dejara que  Dino Saviola se encargara del muchacho.
Al principio fue una situación difícil para Rosa Lena porque su interior no se resignaba a la ausencia de su hijo y sin dejarlo entender maldecía mil veces las causas materiales y las circunstancias fuera de su control causante de tan complicado problema.
–No hay mayor enfermedad que la pobreza y su peor remedio es la resignación  –le comentó más de una vez al sacerdote en el confesionario.
–No seas rebelde –le decía el cura y le ponía de penitencia un padre nuestro y tres avemarías.
El mismo Dino Saviola vino a buscar al niño, la imagen se quedó grabada en el corazón de la madre, los vio subir la callejuela, como si fuera la primera vez que miraba ese trayecto, o que alguien dibujara en el espacio ese pedazo de pueblo.
El hijo nunca su repuso de su trauma, era un problema sin repuesta para él, tenía siete años y sabía distinguir los caracteres de sus vástagos. No se lo dijo a nadie, pero se sintió engañado desde el primer día de unas supuestas vacaciones, una estadía que se prolongó más allá del periodo escolar, luego se dio cuenta que no regresaría al ceno materno. Decidió que no le ganarían la guerra tan fácilmente, y comenzó a llevarle la contraria a todo el mundo, pero más directamente a su padre que era la pieza principal de aquel juego.

Comenzó pretendiendo ser la oveja negra de la casa, percibía que tenía un padre sentimentalmente distante y una madrastra nueva que para ganarle su aceptación recurría a la paciencia y la tolerancia. La mujer se aferró a la incertidumbre de su destino para justificarse, pero no renuncio a su papel de madre segura ni a su convicción de que el tiempo es la mejor cura para las heridas aunque no desaparezcan las cicatrices. Había conseguido dos cosas a la vez, tener el niño para complacer a su marido y alejarlo de la tentación de una mujer hermosa.
Como un zarpazo de la naturaleza a las madres les salierón algunos cabellos blancos mientras el hijo se hacía hombre en medio del alboroto de la juventud. El padre no se libró de un desafío moral a consecuencia de la batalla que sostuvo contra su hijo para que fuera a la escuela, pero  gracias a su fortaleza y carácter fuerte, demostró ser el tronco firme de su linaje. Padre e hijo terminaron enemigos, pero el joven  Yohalmo sin darse cuenta se dejaba llevar por la corriente y siempre terminaba haciendo las cosas que no quería para al final complacer a su padre, pero no le daba el gusto sin librar un enfrentamiento de palabras y comportamientos insólitos. 
Al terminar la escuela el joven Yohalmo desaparecía, mientras el padre reclamaba a su señora que adónde estaba el sinvergüenza. “Búscalo en casa de esa, su verdadera madre, para él yo no soy más que su sirvienta, ya lo dijiste es un sinvergüenza” –le contestaba Venus con las lagrimas sobre las mejillas. –Cállate con esa tontería –le reclamaba su marido perdiendo la calma.

Mientras el joven Yohalmo avanzaba en sus estudios y mantenía una relación frívola con su padre y un marco de hostigamiento contra su madrastra, desarrolló un lazo natural con su madre verdadera. De los hijos de Rosa Lena, Yohalmo era el más tierno, nunca dejaba de venir a visitarle, ni siquiera después que se hizo profesional. Ella nunca esperó nada de él que no fuera sentimental. “El verdadero regalo es el del corazón” –le decía Rosa Lena mientras le daba un beso resonante en la mejilla.
Nadie sabía cómo se había graduado de una carrera de tanta disciplina como la medicina, porque el joven parecía confirmar el calificativo de su padre, "un verdadero sinvergüenza". Era amante del baile, de la música, gustaba del alcohol en demasía y andaba en compañía de otros jóvenes de reputación dudosa, aparte de ser chabacano en el uso de un léxico barato.

Todas las mujeres eran hermosas para Yohalmo, un día lo veían con la hija del carretero, alimentando la esperanza de su familia de que finalmente su hija se casaría con profesional prestigioso, y luego de varios días lo veían de nuevo en medio del concierto musical acompañado con la hermosa hija de un comerciante exitoso de la provincia. Pero Yohalmo no ponía cuidado a la crítica social, al contrario, se creía dueño de cualidades sobresalientes, hablaba más alto de lo normal y su alta estatura le permitía una distinción muy tomada en cuenta entre hombres y mujeres.
El joven profesional parecía tener el mundo sus manos, pero su modo de tomar la vida no le ayudaba en absoluto, parecía el dueño del pueblo, pero sólo parecía, todo el mundo sabía que era un sinvergüenza, menos mal que Yohalmo no alteraba ni el orden ni la ley, el no era un bandolero, solamente le gustaba enamorase, la fiesta y el alcohol, tenía alma de aventurero y corazón de corsario, cualidades que no combinaban con la trayectoria de su carrera en un pequeño pueblo.
Finalmente logró lo que más quería, un nombramiento en el hospital de una provincia cercana. Impresionó prácticamente a doctores y enfermeras del centro de salud, era joven y listo, eficiente y dedicado a su carrera, pero en poco tiempo descubrieron su punto débil, no se resistía al rose con las féminas más hermosas y jóvenes del personal. Lo descubrieron en más de una ocasión y con más de una de las enfermeras haciendo el amor sobre el mando blanco de la cama, como si aquello fuera un motel de las afueras de la ciudad. El director ni siquiera hizo comentario, solo se limitó a decir “despidan ese sinvergüenza”.
Este fue el primer encontronazo de Yohalmo con la vida, lo que más le dolía era que todos lo  supieran, le parecía oír a su padre hablando con su madrastra y la última frase sería “lo despidieron por sinvergüenza”.  La única que parecía apoyarlo siempre era su verdadera madre a quien también parecía oírle diciéndole “no te apures hijo que Dios es grande y tu cambiaras, tu vida será mejor”. Quedó confirmado el día que se lo dijeron a Rosa Lena: ni lo acusó ni lo defendió. Respondió a los reproches del padre diciendo “es mi hijo y lo quiero como es”.
Gracias a sus buenos amigos de aventuras consiguió empleo de nuevo, pero su modo de vida cambió muy poco, con varios hijos en diferentes puntos del país, la familia se resignó a aceptarlo como era, un hombre volátil pero amistoso, a penas emocionalmente controlado. Como sucede con mucha gente, Yohalmo no se daba cuanta que estaba construyendo su propio círculo, se estaba acorralando, y luego para salir de ahí tendrían que dar un salto. Eso hizo antes que el vacío fuera de ese círculo se hiciera imposible de ser burlado.  Dejó atrás los hijos y se fue del país, allá consiguió más mujeres y otros hijos llegaron a su vida. Finalmente llamó con una buena noticia, un día fue poco para hablar por teléfono con sus familiares, repetía que finalmente había encontrado el amor de su vida y que se llamaba Evelyn.
Evelyn le salvó la vida, ella fue la única que comprendió su manera de ser, que pasaba por alto sus vulnerabilidades, ella lo transformó para hacer de él el hombre que el padre siempre quiso. Lo único que hizo fue no hacer nada, aceptarlo como era, con el compromiso de que estuviera en casa a una hora aceptable porque en su casa se haría el amor con él o sin él, eso decía bromeando con seriedad. El se hizo una persona distante, dando la impresión de que no necesitaba de nadie, se dejó absolver por los patrones de la sociedad, se conformó con un apartamento, un vehículo,  vacaciones y salidas cada año durante el verano y no faltaba a la iglesia en compañía de Evelyn y sus dos hijos.
Aún cambió más después que su madre murió de un ataque al miocardio, apenas pudo llegar a tiempo para verla por última vez, hasta le levantaron la tapa al ataúd antes de cementar la sepultura. Entonces en lo adelante se conformó con los contactos con su madrastra y el consentimiento de Evelyn.Un día bajo el efecto de alcohol llamó a su hermano mayor, Heriberto, y le dijo con voz afligida cuanto le quería, que él siempre tuvo razón cuando le aconsejaba.
Sin embargo se distanció de nuevo de su hermano, no podía ser su amigo, era un hombre muy distinto, tenía esa personalidad que él siempre quiso, esa soledad de la que el siempre huyó. Sabía bien que le había aconsejado correctamente desde el principio, pero él no era profeta que pudiera convencerle, después de todo que fuera su hermano no había sido su elección, como lo fue su mujer que tan bien se ocupaba de él.
Después de la muerte de su madre, Yohalmo se apegó más a Evelyn y se alejó de sus medios hermanos, e inclusive se enemistó con Heriberto, aunque nunca le dijo nada en su cara, le faltaba valor para decirle que ahora si, que por primera vez estaba equivocado, porque ya él no era un sinvergüenza, como Heriberto le dijo a Evelyn al presentarle el hijo después de dos años de nacido. Aunque se quedó con la duda si Heriberto lo había dicho en serio o embroma, no se dio cuenta que no había sido el primero en calificarlo de sinvergüenza. Heriberto no se alarmó cuando le contaron lo molesto que estaba su hermano por llamarlo de esa manera – tal vez ahora dejará de serlo, que no hay mal que por bien no venga –dijo sin otro argumento.
Eran las dos de la madrugada cuando sonó el teléfono, “tu padre acaba de morir” –le dijeron, “sal enseguida” –le ordenaron. El llegó de nuevo apresurado, apenas con tiempo para verle por última vez ya difunto. Venus le dijo las últimas palabras del padre: Díganle que lo quise mucho… a mi sinvergüenza.
Regresó huérfano, pero ahora él sería más padre que nunca, tuvo tiempo para pensarlo durante las cuatro horas de vuelo, sin hablar con nadie, entonces se dio cuenta que ya el tiempo no era el mismo y que apenas le restaba la fuerza necesaria para saltar a otro circulo, aunque estaba vez trazado en el fondo de su corazón.

La reunión privada entre Kissinger y Pinochet en Chile

Fuente: https://elpais.com/chile/2023-05-26/la-reunion-privada-entre-kissinger-y-pinochet-en-chile-queremos-ayudarlo.html?outputType=amp La ...